Un hotel de altura

Los que accedieran al hotel disfrutarían de vistas extraordinarias. El resto tendría un promontorio

Las ciudades que han sido maltratadas por el urbanismo especulativo sienten una inevitable animadversión a los edificios altos. Eso le pasa a Málaga, que ante las aberraciones constructivas como la Malagueta o Carretera de Cádiz, entre otras, oye la palabra rascacielos y sale corriendo. Pero lo cierto es que no toda construcción de gran porte es un error ni toda fábrica pequeña es un acierto. Existen magníficos edificios de más de 40 plantas que son verdaderas maravillas arquitectónicas. Lo que ocurre es que a la hora de diseñar una de estas actuaciones hay que tener muy en cuenta la ubicación, el impacto paisajístico, la finalidad y la armonía con el entorno, porque estas obras no nacen para pasar inadvertidas y condicionan el entorno de forma esencial y definitiva. Por eso, antes de autorizar un magnífico hotel en el plataforma de Levante del puerto de Málaga merece la pena, de forma calmada, analizar si es la mejor construcción para ese lugar.

No se cuestiona si la concesión se ha realizado de acuerdo con la ley, que a mí no me suscita duda alguna, ni si es posible utilizar un espacio público para una actividad privada, hecho que recoge, autoriza y fomenta la ley de puertos, sino si la construcción que se propone es la mejor propuesta para ese singular espacio. Qué duda cabe que los privilegiados que accedieran a las habitaciones de ese lujoso hotel gozarían de unas vistas extraordinarias y que eso sería un atractivo único para la instalación, pero el resto de humanos, que quedamos fuera de ese placer, estaríamos condenados a soportar un inexplicable promontorio que rompe con la estética, ya algo deteriorada, de la bahía malagueña.

Por ser concisos, ni la adjudicación tramitada ni tan siquiera el uso hotelero de la parcela, con ser siempre discutible, representan un daño insalvable. El problema está en la propia edificación que, obligada por las limitaciones de la parcela, constituyen un edificio anodino, escueto y sin especial encanto.

Quizás la torre-hotel, con mayor espacio y más atractivo diseño, pueda tener su ubicación en otro lugar del recinto portuario y reservar esa singular parcela a otro tipo de construcción que no despierte tantos inconvenientes. Sin ánimo de enredar, no sería descabellado reservar el espacio de Huelin para la construcción hotelera y pensar que el ansiado auditorio, si hay que hacer un nuevo proyecto, pueda construirse en esa extraordinaria parcela, como se pensó en un principio.

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