Menos mal que no hay violencia

El doble discurso de los políticos más pendientes de su supervivencia que de la seguridad ha llegado a su fin

Una semana de algaradas callejeras, incendios, destrozos de coches, robo de comercios y sucursales bancarias. Lanzamientos de piedras contra la policía y de cohetes contra sus helicópteros, destrozos de mobiliario urbano, amenazas a los viandantes y ataques a la prensa no independentista. Cortes de carretera, destrozos de infraestructuras, paralización de accesos a los monumentos turísticos y bloqueo de puertos y aeropuertos. Pero, si usted piensa que todo esto es violencia, está muy equivocado. No tenemos la altura de miras del supremacismo catalán y no somos capaces de interpretar que todo esto no son más que cantos de paz en aras de la libertad: ¡y una leche!

Este doble lenguaje de los políticos que están más pendientes de su supervivencia que de la seguridad de los ciudadanos ha llegado a su fin. Evidentemente todo el que sea capaz de apoyarles tiene que asumir que quiere dejarse engañar, de lo contrario sería difícil de entender como alguien puede tragarse estas expresiones de: marchas por la paz (destrozando todo a su paso); libertad para manifestarse (paralizando una región); derecho a decidir (sólo si eres nacionalista); etc. Lo que sí parece claro es que haber atraído a los más violentos del mundo mediante el apoyo a los "okupas", la permisividad ante los narcopisos y las simpatías con la venta ilegal han llevado a Barcelona al caos y la destrucción de una ciudad.

Pero aún está por ver quien apoya económicamente esta violencia urbana. La creación de aplicaciones móviles para la movilización de turbas callejeras, con las mismas estructuras de dependencia de mandos que los grupos terroristas, deja entrever que hay detrás de todo. Porque, si la política catalana comete un error recurrentemente, es el hecho de como a unos gobernantes los suceden solo aquellos que sean más radicales aún. Es decir, el importante apoyo de Guardiola al tsunami democrático, ante unas futuras elecciones en el F.C. Barcelona, o el cierre patronal de las universidades por parte de sus rectores, ante un más que presumible cambio de gobierno regional, no pasan desapercibidos.

El problema es que son muchos los que prefieren mirar para otro lado y entretenerse con discusiones bizantinas sobre la sedición y la rebelión. Y mientras los violentos campan a sus anchas por las calles de una Barcelona, que para los que tanto la hemos apreciado, ya nunca volverá a ser la misma.

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