El balcón

Una marca no es un partido

Rivera apuesta a todo o nada al vetar al PSOE. Cree poder superar a Casado y no quiere ser el número dos de Sánchez

Una casa no es un hogar y una marca no es un partido. Las incongruencias que Albert Rivera comete desde hace un año lo prueban. Ciudadanos tiene atributos de una buena marca; diseño, marketing e iconos mediáticos. Pero cada vez es más difícil percibirlo como una fuerza política. Los partidos necesitan diseño, marketing e iconos, pero lo fundamental es que ofrezcan ideología diferenciada y programas efectivos. Una tecnología propia. A esto hay que añadir una buena administración de recursos humanos, con buenos y suficientes cuadros. El oscurecimiento de una opción que parecía llamada a ocupar un papel central en la política española se explica por la carencia de muchas de estas cualidades.

La falta de coherencia de Cs puede deberse al estrés postraumático que sufre Rivera desde hace casi un año. Cuando lideraba las encuestas nacionales, sufrió un choque emocional al ver como Pedro Sánchez llegaba a la Presidencia, con el apoyo de Podemos junto a ultranacionalistas catalanes y vascos. De esa onda expansiva no se ha recuperado; se califica a sí mismo como liberal, pero se ha vuelto muy intransigente en este año de convalecencia del sofocón de mayo de 2018. Entonces, ofuscado por lo que interpretó como una usurpación, incluso votó en contra de echar a Rajoy de La Moncloa.

Un partido liberal debería ser tolerante por definición. Y moderado, componedor de acuerdos. Pero en este caso encontramos lo contrario. De las dos almas de Cs, la nacionalista española y la liberal, se ha impuesto la primera. La unidad de España prima sobre cualquier otra componente ideológica o estratégica de este partido. Su veto a una alianza con el PSOE, que sólo se explica como una táctica de marketing, ha sido criticado como un grave error hasta por los intelectuales que fundaron Ciutadans en Cataluña en 2006. Los analistas de Cs deben pensar que su líder podría sacar más votos que Casado y, si suma una mayoría con Vox, ser el presidente que le prometían las encuestas hace un año. En paralelo, concluirán que Rivera no puede sacar más votos que Sánchez, con lo que en una coalición a su izquierda iría de número dos. Es una apuesta a todo o nada.

Ahí empiezan bandazos como aliarse con el foralismo navarro. Y recoger con la escoba a desechados o resentidos de otras fuerzas políticas, incluso personas sospechosas de irregularidades, que debutan en su formación con pucherazos. La ansiedad es mala hasta para la estrategia de marcas.

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