No sé cómo lo hacen otros colegas que escriben artículos de opinión; yo espero al domingo, a las horas previas a sentarme a escribir, para repasar asuntos de actualidad o alguna vivencia que llame a las musas y estas pongan mis dedos a saltar de una tecla a otra. Hoy (ayer para ti) dudaba entre varios temas candentes y ha sido ese principio cartesiano el que me ha dado un tema que nada tiene que ver. A ver si me explico.

Mientras removía la comida, pensaba en cómo el alumbrado de Málaga ha empezado a fagocitar trasuntos, jóvenes y no tanto, convertidos en modelos de Instagram. Si atraviesas de un extremo al otro la calle Larios, cada paso por los arcos es un déjà vu: poses repetidas artificialmente; parejas varadas entre el plano de su iPhone y un techo imposible de captar en plenitud; sonrisas de ocasión. Y luego la cabeza se me fue al bledo de Ortega Smith en el enésimo capítulo de odio que ha generado Vox. Hasta que entendí que hoy debía escribir de todo lo contrario, de lo que somos la mayoría de personas: mediocres.

Mediocre es una de esas palabras cuyo significado se ha pervertido. El que la recibe la toma por la segunda de sus acepciones (de poco mérito, tirando a malo); yo recurro más a ella en la primera: de calidad media. Y sí, la mayoría de los que no somos Rafa Nadal, Stephen Hawking o el inventor del tetrabrik somos mediocres. Y nadie escribe la historia de los mediocres. Las guerras son recordadas por los que las ganan y los que murieron. Las crónicas hablan de los que ganaron el título y los que perdieron la final. La vida, esta vida tan polarizada, va sobrada de etiquetas y de caminos llenos de trincheras y cicatrices. La crítica o el halago. Los mil colores o el blanco y negro. Los grises no son trendy.

Pero son los grises y los mediocres los que mueven el mundo, por más que parezcamos forajidos sociales condenados a vivir sin gloria o a hacerlo en mute. ¿Qué sería de los héroes sin nadie a quien salvar o de los villanos sin nadie a quien amenazar?

Vivan los mediocres. Los que pasean por la calle Larios sin móvil en la mano, con la cabeza alzada disfrutando del color o preguntándose por qué demonios un bosque tiene querubines y no hadas. Los que no alimentan el juego de Vox censurando por sus redes sociales a Ortega Smith para evitar darle más propaganda a un partido que se alimenta de pulsiones y populismo. Levanta la cabeza y mira a tu alrededor: todos esos tipos que tienes a mano y que no ves son tan mediocres como tú y como yo.

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