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Que nadie se mueva

En esta crisis el dolor se quiere despersonalizar. De ahí el empeño en dar números y porcentajes y curvas

El martes quedaban oficialmente en la Costa del Sol poco más de quinientos turistas alojados en hoteles. En febrero, casi ayer, presumíamos de que al litoral malagueño habían llegado 369.000 viajeros con la intención de alojarse en esos establecimientos. Era el mejor dato en un mes de temporada baja desde el año 2013. Tres semanas después, urgíamos a los visitantes a que se marcharan lo antes posible. Y como se resistían, el Gobierno fijó un plazo: el jueves había que cerrar todos los hoteles.

Nos quedamos nosotros solos para protegernos. Levantamos fronteras para que no entren y hacemos llamamientos a los nuestros para que regresen lo antes posible. El presidente andaluz se lamentaba esta semana de esas once conexiones directas que el aeropuerto malagueño mantuvo con ciudades italianas hasta tres días antes del estado de alarma.

Miedo al enemigo exterior cuando hace tiempo que circula por dentro sin que nadie realmente sepa cuánto se ha extendido en este último mes. Málaga lidera los casos de contagio en Andalucía. Se mira de reojo a Madrid y Barcelona. Ya no es China ni Italia. Y se piensa en el peor de los escenarios. Los facultativos levantan la voz para se acelere el acondicionamiento de improvisados hospitales, conscientes de que los actuales no podrán ampliar las cientos de camas que se necesitarán.

En realidad sólo se libra una batalla contra el tiempo. Retrasar el mayor número de días posibles el volumen de contagios, para que esos centros sanitarios dispongan de un margen para atender a los nuevos enfermos graves. Es un virus traicionero, le he escuchado a un médico en primera línea de batalla, cuando parece que tras una semana el paciente está casi repuesto puede golpear de imprevisto con una dureza inusitada.

Estamos en una crisis en la que el dolor se intenta despersonalizar para no minar la moral de los confinados. Por eso todo son números, porcentajes y curvas.

Y a estas alturas quedan muchas preguntas sin respuesta. Si con el terrorismo se limitó el volumen del líquido que se podía transportar en una maleta por miedo a que camuflara un artefacto explosivo, dudo que en el futuro podamos subirnos a un avión sin que antes nos tomen la temperatura. Operación que, seguro, se repetirá al descender de la aeronave. El nuevo pasaporte que ningún espacio Schengen podrá suprimir.

Pero hoy hablar del turismo resulta una quimera. Porque abrirse al mundo resulta una temeridad. Continentes, países, comunidades, provincias y hasta el pueblo más pequeño se siente seguro si está cerrado al visitante. Que nadie salga ni entre. Que nadie se mueva.

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