Las dos orillas

Sin negocio y sin ocio

La prohibición del ocio nocturno ha llegado con un mes de retraso, con el verano en la cuesta abajo

La gente que ha leído a Mario Vargas Llosa, al menos Conversación en la Catedral, se pregunta: "Zavalita, ¿en qué momento se volvió a joder lo del coronavirus?". La respuesta es sencilla. Todo se empezó a torcer a principios de julio, cuando abrieron las fronteras con otros países, cuando hablaron de la nueva normalidad (que era anormal), cuando querían recuperar el turismo a lo loco, sin adoptar las medidas de control y precaución necesarias. Empezaron las locuras de los jovencitos en las noches, las locuras de los aeropuertos, las locuras de las reuniones como si nada, la locura mayor: creer que la pandemia había terminado. Pusieron la primera piedra para la segunda ola. La prueba de que todo se ha vuelto a joder es que otra vez el ministro Salvador Illa ha asumido el control, aunque en régimen de cogobernanza.

Nos hemos quedado sin negocios y sin ocio. ¿Era necesario salvar el turismo? ¿O era preferible salvar la salud, Salvador? Era necesario salvar el turismo, pero no se podía hacer descuidando la salud. Ese ha sido el error más garrafal entre los cometidos en verano. Habían optado por el ancha es Castilla, y viva el vino y las mujeres, y así regalamos simpatía y querer, y que viva España y sus autonomías, incluidas Cataluña y Aragón, pom pom. Hasta que en Bruselas se dieron cuenta, y en Londres, y en Berlín, y en París, y hasta en Roma. Allá abajo, en la querida España, se estaban luciendo otra vez. Recomendaron no viajar y ordenar cuarentenas. El turismo del verano se fue al garete. Adiós al negocio.

Y ahora le toca el turno al ocio. La prohibición del ambiente nocturno ha llegado con un mes de retraso, con el verano en la cuesta abajo. Es posible que algunos empresarios de la noche (supongo que la mayoría, no suelo frecuentar discotecas) hayan cumplido sus obligaciones, pero otros no, según se ha visto y comprobado. Los jóvenes se han convertido en los principales propagadores del coronavirus. El propio Pedro Sánchez les pidió que pensaran en sus abuelos. Ahora los han castigado.

El Gobierno sigue actuando tarde. No han aprendido tras la primera tanda de errores. Hay que reaccionar a tiempo, ir por delante. Es incomprensible que no hayan destituido el doctor Simón, que es el Quique Setién del coronavirus, y juega en plan kamikaze. A los entrenadores y a los coordinadores hay que echarlos antes de que sea demasiado tarde, antes de que te marquen ocho goles o 40.000 muertos. Y después, ya le tocará el turno al presidente, que siempre se intenta escapar.

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