Cuando esto pase

Se corre el riesgo de que la nueva normalidad sea tan solo la repetición de los antiguos defectos

Ahora es más cierta que nunca la irónica frase de que el futuro ya no es lo que era. Los días que nos imaginamos cuando superemos esta crisis ya no serán el refugio de nuestras esperanzas; el tiempo venidero es un espacio brumoso con más interrogantes que proyectos. Los sueños del mañana inmediato han dejado de ser producto de la ilusión para convertirse en aspiraciones prosaicas, de evocación de la normalidad perdida en la que los niños jueguen en los parques, los adultos vayan al trabajo sin medir distancias ni rehuir contactos y los mayores pierdan la congoja de sentir su vida amenazada cada mañana. Soñamos un futuro que se parezca lo más posible al pasado. Así de pobre y enflaquecidos han quedado nuestros deseos para el nuevo año.

Tanto dolor y angustia nos ha convertido en un colectivo conformista y resignado. En estos meses de incertidumbre hemos descubierto que nuestra sociedad es frágil y quebradiza y de creernos invencibles y arrogantes hemos pasado a ser en poco tiempo una civilización asustadiza, con una desconocida sensación de impotencia. Pero en este tiempo de pandemia y de curvas indoblegables, además de anhelar la normalidad pasada, en nuestra conciencia colectiva parecía que se iba anidando un sentimiento de solidaridad que nos permitía acariciar utopías y soñar quimeras en las que, ante esta debilidad recién descubierta, afloraban exigencias de fraternidad y apoyo mutuo. Sí, cuando esto pase el recuerdo de las penurias y fragilidades vividas podrían alumbrar una sociedad menos egoísta y más generosa, capaz de entender la necesidad de fortalecer los mecanismos de igualdad y de ampliar los elementos de colaboración que nos permitieran mejorar nuestro sistema público de asistencia y apoyo universal. Sí, cuando esto pase nos deberíamos encaminar hacia una sociedad menos agresiva y más humilde. Pero no se entusiasmen: al parecer solo el miedo despierta pensamientos altruistas y se corre el riesgo de que la nueva normalidad sea tan solo la repetición de los antiguos defectos. Por eso, cuando esto pase y se vaya diluyendo el amargo recuerdo de esta tragedia y las vacunas nos devuelvan la arrogancia volveremos a sentirnos poderosos y oiremos de nuevo hablar de la bondad del mercado, de la necesidad de bajar los impuestos y de la conveniencia de ir adelgazando este Estado que nos asfixia. Y los aires de solidaridad y reforma se irán evaporando y así, cuando esto pase, no habremos aprendido nada. A pesar de todo, feliz año.

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