La pasión por las colas

Los pueblos enarbolan ahora la bandera del oxígeno y de la calidad de vida para recuperar los habitantes que perdieron

Nada como la Semana Santa para comprobar hasta qué punto nos atrae lo que se ha venido en llamar cultura de masas. Nadie les puede negar a las cofradías, más allá de sus valores religiosos y sociales que transmiten, que forman parte de la industria del entretenimiento. Sus actos arrastran a las calles a cientos de miles de personas. Más fácil les resulta cuando exhiben su versión tradicional. El espectáculo de los desfiles de tronos consiguen activar todo tipo de sensaciones entre el público que los presencia.

Pero en este segundo año de pandemia, han modificado la escenografía y pese a la obligación de suprimir algunos de sus atractivos, han convertido a los espectadores en protagonista de la obra. Porque ha sido la gente la que ha peregrinado en procesión de templo en templo. Incluso con la irrupción de un nueva coreografía interpretada con toda naturalidad pese a la ausencia de ensayo previo. La pasión por las colas que daban acceso a las imágenes. Nadie se cuestiona las horas de espera para presenciar el paso de las cofradías por un punto del recorrido y, en esta edición, también ha sido necesaria una inversión similar de tiempo para cumplir los objetivos.

Cuestión distinta es la responsabilidad de las autoridades sanitarias al permitir la celebración de este tipo de eventos multitudinarios. Las advertencias de los expertos han sido constantes. Aunque se hayan extremado las medidas y controles de seguridad, esta Semana Santa ha supuesto en la práctica un desafío al virus . Y tampoco, pese a la tradición, será posible derrotarlo con los pulsos.

Pero si algo nos ha enseñado esta pandemia es la necesidad de huir del bullicio. El fenómeno inverso que ha permitido la creación de las grandes aglomeraciones urbanas y que ha penalizado con la despoblación a las áreas del interior. Pero gracias al teletrabajo ,ahora los pueblos enarbolan la bandera del oxígeno y de la calidad de vida real. "La diferencia es que al abrir la ventana de la casa-oficina en vez de ver, en el mejor de los casos, una zona verde o los gayumbos del vecino, verán un olivo", defendía hace unos días esta experiencia el arquitecto Salvador Moreno Peralta en una entrevista en Canal Sur. Ya lo intentó a principios de los 70 Carrero Blanco con Crónicas de un pueblo. Aunque, en realidad, el presidente franquista no desaprovechó la ocasión de aquella serie en el prime time de la única televisión de la época para adoctrinarnos con el Fuero de los Españoles, que los alumnos de la escuela tenían que repetir de forma inmisericorde.

"Vente a vivir a un pueblo", se llama la campaña que ha emprendido Alfarnate para atraer habitantes con el gancho de unos alquileres sensiblemente más baratos que en la ciudad. La iniciativa de algunas localidades de ofertar bancos de viviendas asequibles: El contraste de un mundo sin colas.

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