UN pasito hacia delante, dos hacia atrás. Si fue un camino difícil conseguir que este país se convirtiera en una democracia, aún lo parece más que seamos capaces de profundizar en ella, de entendernos y de saber movernos en un consenso que no genere pasiones irreconciliables, que nos haga sentirnos partícipes de la evolución de nuestra sociedad y que nos ayude a reflexionar de forma permanente sobre el rumbo que toman los acontecimientos.

Con las consecuencias de la crisis azotando cada casa, lo que invade los hogares no es una invitación a la participación, o a la reflexión profunda, sino a la evasión vulgarizada con nuevas ediciones de Gran Hermano y de otros programas televisivos de audiencia masiva y similar calado.

Y en medio de ese caldo de cultivo que nos invita más a mirar que a reflexionar y a convertir en referentes a personas sin ningún mérito especial, es difícil imaginar con qué nivel de conocimiento se acerca gran parte de la ciudadanía a las noticias de actualidad, esas que nos dan claves para entender la situación real por la que pasa la economía y los distintos sectores productivos, esas que analizan las cifras del paro, el momento que viven nuestras ciudades y sus grandes proyectos o el devenir de los acontecimientos y de las intenciones que pueden afectar en un futuro inmediato a derechos ya consolidados.

Si muchos de estos derechos, relacionados con el trabajo y las relaciones laborales, corren serio peligro en tiempos de crisis, para qué hablar de otros, que a pesar de estar reconocidos por ley todavía no han sido interiorizados suficientemente.

Las dos últimas ocasiones en las que recientemente he podido acercarme al mundo universitario de Málaga me han servido para comprender que es mucho lo que queda por hacer en el camino hacia la igualdad. Son mayoría las jóvenes que no perciben desigualdad pese a que en sus casas de las tareas domésticas sólo se ocupe la madre, aunque trabaje. La diferencia entre estas universitarias y las de mi generación es que ellas apenas si ayudan en casa, y no se plantean, que en un momento de su vida no demasiado alejado del actual, se pueden ver en la tesitura de decidir si quieren continuar con la tradición y asumir el rol de su madre. Tal y como están siendo educados ellos, seguramente, muchos, no estarán dispuestos a formar equipo y compartir tareas.

Es una consecuencia más de la irreflexión colectiva, esa que reproduce modelos sin plantearse si merecería la pena introducir cambios.

Y en esta tesitura, cuando en petit comité hay quien celebra que haya dejado de existir como tal el ministerio de Bibiana Aído antes de profundizar en su cometido, cuando aun no hay una conciencia colectiva de desigualdad entre hombres y mujeres, me parece hasta antiestético que un partido político como el PP utilice el concepto de igualdad en una campaña que denomina Zapatero se columpia con las mujeres para dar visibilidad a las desempleadas. De pena.

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