La política como profesión

Todas las luchas entre partidos no son solamente luchas por sus objetivos programáticos, sino sobre todo por el reparto de cargos entre sus seguidores". No es que lo piense yo, es que así lo explicó Max Weber en 1919. Y Pablo Iglesias Turrión, que debió leerle cuando estudió Políticas, lo tiene claro. Como que la caridad bien entendida empieza por uno mismo y que, en el reparto de sillones ministeriales, el que reparte los de Podemos es él. Iglesias, que tiene la política por profesión, aspira a hacer política. Es decir, a participar del poder e influir en la distribución del mismo entre los distintos grupos que configuran el Estado. Y este reparto no puede hacerlo otro sin correr el riesgo de quedarse sin seguidores. Nada excepcional, las negociaciones de estas semanas pasadas entre Casado, Rivera y Abascal han consistido precisamente en eso. Pero todo esto nos lleva a un callejón cada vez con menos salidas. A Iglesias no le falta razón cuando reclama poner a sus políticos a hacer su política. La misma que le ampara a Sánchez cuando contraargumenta que, al final, las responsabilidades por los ministros que "nombre" Iglesias se las pedirán él.

El primer golpe de efecto de un hipotético gobierno del PSOE con Podemos sería nombrar como ministros a personalidades de reconocida solvencia. Ya lo pretendió con el actual gobierno y puede ser una forma de tranquilizar a ciertos sectores conservadores mientras que da un giro a la izquierda en la política del país. Pero en el fondo, el problema de esta negociación, que por otro lado no garantiza nada mientras que Iglesias no asuma que aún se necesitan más votos, se encuentra la profunda desconfianza que se profesan ambos líderes. Si los que dicen idioteces son idiotas, calificar con este término la propuesta de tu interlocutor en la mesa de negociación solo te garantiza poder sustituir a Molotov en la cartera de Exteriores. Convocar un plebiscito entre las bases de tu partido como el que ha anunciado es una muestra de cómo puede ser cualquier toma de decisión el Consejo de Ministros. Iglesias, tan aplicado en otras ocasiones, vuelve a olvidarse de una característica fundamental que Weber atribuye al líder: el honor del estadista dirigente es su propia y exclusiva responsabilidad por lo que haga, "responsabilidad que no puede ni debe rechazar o cargar sobre otro".

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