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Sé que se trata de un caso aislado. Pero, en la medida en que revela el amplísimo poder que ostenta la judicatura y concretiza el riesgo permanente de que éste sea ejercido de forma arbitraria, debe servirnos para reclamar controles exhaustivos, indispensables para conservar nuestra confianza en la Justicia.

En esencia, los hechos son los siguientes: un juez de un pueblo de Ávila ha sido suspendido en el ejercicio de su cargo por intervenir en un pleito de familia fallando en contra del padre -al que aumentó la pensión de alimentos y redujo los días de visita a su hija- mientras mantenía una amistad íntima con la madre.

Nada se conocería si el ex marido, destrozado por una resolución caprichosa, no hubiese contratado los servicios de un detective con el encargo de "investigar, en el ámbito de la custodia de menores, la diligencia que empleaba su ex mujer en el cuidado de la niña". Éste, para mayúscula sorpresa, se encuentra con un varón -S.A., el juez de marras- paseando con la demandante, besándola e incluso mostrando total familiaridad con los abuelos maternos. Pueden imaginarse el final de la historia: el padre pide la declaración del investigador como testigo; S.A., que ya se sabe descubierto, solicita de inmediato su abstención en el procedimiento alegando que había quedado varias veces con la actora para documentar un supuesto trabajo suyo sobre violencia de género; la Audiencia Provincial, dadas las peregrinas explicaciones del implicado, encomienda el asunto a otra juez que anula lo hecho por su compañero y desestima las pretensiones de la demandante; el fiscal promueve la pertinente acción sancionadora; al cabo, la comisión competente del Consejo General del Poder Judicial impone al juez S.A. un año y medio de suspensión.

Les confieso que me parece muy poco. La conducta de S.A. es radicalmente incompatible con los requisitos básicos de su oficio, compromete el prestigio del sistema todo e introduce una vergonzosa fisura en la intachabilidad de un Cuerpo que, sin ella, asusta bastante más que garantiza.

El fogoso juzgador abulense debió entender mal aquellas polémicas palabras de Conde Pumpido: no son estos polvos del camino los que el vuelo de las togas no han de eludir. Y con su proceder, a todas luces ignominioso, fomenta dudas, alienta recelos y nos descubre inermes frente al abanico de pasiones de quienes, por crítica e inmutable definición, jamás tendrían que sucumbir a ninguna.

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