En tránsito

Los reyes de Cernuda

Es un milagro que Cernuda -un poeta itinerante, pobre, sin familia- haya dejado ese legado que ahora se subasta

Hace poco, Antonio Rivero Taravillo, biógrafo de Cernuda, nos alertó de que se iba a subastar el legado del poeta, conservado por su familia sevillana. En ese legado figuraban el gramófono portátil de Cernuda -que le rayaba los discos, pero del que jamás quiso separarse-, además de su extensa colección de discos, que testimonia el variado gusto musical de Cernuda, que escuchaba a Antonio Machín, Debussy, las jotas aragonesas y Gardel, pero también a Haendel, a Maurice Chevalier, a Chopin y a las grandes orquestas de baile que tocaban foxtrots. Cernuda tenía también varios cuadros y dibujos de Ramón Gaya y una colección de primeras ediciones que saldrán a subasta. Este es su legado.

A primera vista parece muy poca cosa, pero si reflexionamos un poco, es un milagro que se hayan conservado todas estas posesiones personales. Cernuda nunca tuvo una casa propia, aparte del domicilio familiar de Sevilla, en la calle Acetres, del que se fue muy joven. Los últimos años de su vida los pasó en Coyoacán, a las afueras -entonces- de México DF, en la casa de su amiga Concha Méndez, en la calle Tres Cruces, una casa muy pequeña donde se vio obligado a ocupar el cuarto de servicio. Hace muchos años estuve buscando esa calle en Coyoacán, entre las casonas pintadas de almagre o de vainilla que me recordaron -cosa curiosa- las fachadas de Sevilla, sólo porque sabía que Cernuda vivió y murió allí. Por entonces muy poca gente se acordaba de Cernuda en México. Y por eso es un milagro que alguien como él -itinerante, pobre, sin familia y con muy pocos amigos- haya dejado ese legado que ahora se subasta.

Hoy celebramos la noche de Reyes, y es bueno recordar a Cernuda porque él escribió en el exilio inglés un grandioso poema sobre los reyes -La adoración de los Magos-, pero también porque hoy, cuando tantas cosas regalamos y tantas cosas recibimos, es bueno recordar lo poco que al final dejamos atrás. En realidad, muy poco más que un gramófono y una pequeña colección de discos y de libros que -si no tenemos suerte- se saldarán en el Jueves o en el Rastro o irán a parar a un contenedor de basura. "Señor, danos la paz de los deseos/ satisfechos, de las vidas cumplidas", suplica el rey Melchor en el poema de Cernuda. No se me ocurre mejor deseo, o mejor súplica, o mejor petición -o como queramos llamarla- para una noche de Reyes.

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