Los riesgos del diálogo

Hay discursos que sólo son justificaciones para una estrategia de tensión permanente

Siempre se admite que la negociación es un elemento esencial de la política democrática y la mejor fórmula para resolver discrepancias y enfrentamientos. Se puede decir que el diálogo político tiene buena prensa. Otra cosa es cuando desde la teoría aterrizamos en la práctica. Entonces siempre aparecerán opiniones contrarias a cualquier forma de entendimiento que implique concesiones. Por eso, iniciar la estrategia del pacto es intentar recorrer el camino más difícil, porque siempre se estará expuesto a la crítica de debilidad y cobardía. Ese es el riesgo del diálogo, en el cual los negociadores suelen ser acusados de entreguismo y, en algunos casos, de traición. Así ocurre siempre, y el tratamiento de la cuestión catalana no ha supuesto una excepción.

Después de la firme parálisis del presidente Rajoy, cuando Cataluña llegó a los niveles más altos de conflictividad, era evidente que el gobierno de Pedro Sánchez adoptaría el camino de la negociación. Y se sabía que esta opción contaría desde su inicio con el enfrentamiento de la fuerzas de la derecha, enredadas en un pugilato de patrioterismo de salón. Pero el hecho de que ya se contara con esa sobreactuación descalificatoria no eximía al gobierno de hacer el esfuerzo de negociar y de explicar los contenidos de los posibles acuerdos con absoluta nitidez. Y esto último no es lo que ha sucedido en esta semana, en la que la sorprendente aparición de la confusa figura del relator ha despertado inquietud en algunos sectores de la sociedad. Era por tanto imprescindible hacer un esfuerzo complementario de aclaración y explicación, aunque esto significara tener que reiterar las intenciones y los límites que desde el principio el ejecutivo anunció para estas conversaciones. Al fijar con carácter inamovible el marco de la negociación, el papel del notario o fedatario y el contenido de las materias a negociar, con expresa exclusión del derecho de autodeterminación y la celebración de un referéndum, podía pensarse que se rebajaría la tensión política de los últimos días. Cabría esperar que las imputaciones de traición, felonía y otros excesos caerían como un castillo de naipes cuando quedara claro que ni existen pactos secretos ni el gobierno está dispuesto a todo con tal de aprobar los presupuestos. Nada de esto ocurrirá, porque hay discursos que solo son justificaciones para una premeditada estrategia de tensión permanente. Y este es uno de ellos.

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