Hace unos días me preguntaron en una tertulia radiofónica en la que participé que si me parecía bien que se construyera un tercer hospital en la capital malagueña y obviamente la respuesta fue un sí rotundo. Nunca está de más que se dote de todo tipo de infraestructuras sanitarias a una ciudad como Málaga en la que viven más de 600.000 personas. Lo que me resulta increíble es que se haya estado mareando la perdiz hasta ahora para no hacerlo. Pero resulta que más allá de esa estupenda noticia, de que por fin todos estamos más o menos de acuerdo en la necesidad de poner en marcha el proyecto de una vez, la realidad es que no se puede perder de vista los graves déficit que presenta el sistema sanitario en la actualidad debido a lo asfixiante de los recortes en esta materia en los últimos años. Por más que intenten maquillar los números y de encubrir la verdad de las listas de espera, las camas hospitalarias disponibles o la precariedad de los profesionales de la sanidad, no hay más que tener que acudir a un hospital o un centro de salud para comprobar en primera persona cómo ha empeorado la asistencia en este tiempo. No, por supuesto, la dedicación de su personal que con más voluntad vocacional que otra cosa tratan día a día de que no se pierda el sistema sanitario que nos ha hecho ser la envidia de tantos lugares en la época de bonanza. Si hablas con ellos la frustración y la desesperación por lo que está ocurriendo es palpable, y evidentemente todo eso redunda en la calidad asistencial que recibe el paciente que debe armarse de paciencia cada vez que tiene que someterse a una prueba de alguna especialidad o ir a urgencias. Lo he vivido en primera persona estas semanas. Un problemilla de salud, que ahora no viene al caso, me tiene desde hace dos meses visitando a uno y otro médico. No es que sea grave, pero lo sé ahora después de que haya tenido que acudir a la privada a hacerme una prueba que en la sanidad pública no me han fijado hasta finales de marzo. No cabe duda de que mantener un sistema sanitario público, universal y gratuito es un pozo sin fondo para cualquier administración. Pero es que es el pilar que garantiza el bienestar de su población. Y si resulta que no puede mantenerse ecómicamente porque la situación actual no lo permite, que se diga y se afronte de forma valiente pero que no se nos siga vendiendo humo y haciéndonos creer que no pasa lo que vivimos.

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