Paisaje urbano

Eduardo / osborne

La santa y los miserables

EL pasado domingo la Iglesia hizo santa a la madre Teresa de Calcuta mediante solemne celebración presidida por el papa Francisco en una Plaza de San Pedro completamente abarrotada. No era para menos. Posiblemente Teresa de Calcuta, nacida en Macedonia pero identificada con la India donde vivió (en el más pleno sentido del término) junto con sus Misioneras de la Caridad durante más de cincuenta años, fue la religiosa más apreciada en el mundo.

De su humanidad y su personalidad excepcional hablan los miles que la conocieron, y que hoy siguen siendo testigos de su vocación de servicio a los más pobres y miserables. Si había una persona dentro de la Iglesia que no necesitase del reconocimiento público por ésta (que no otra cosa es una canonización), sin necesidad de milagro alguno por demostrar, era ella, mujer, maestra, líder, luchadora, reconocida universalmente en la Iglesia y fuera de ella, como lo demuestra el premio nobel de la paz que se le concedió hace bastantes años, en 1979.

La noticia de su canonización, celebrada con alborozo por una mayoría no necesariamente cristiana, sin embargo ha venido acompañada de ciertos artículos y comentarios críticos con su figura, con el indisimulado objetivo de echar agua a este inmenso fuego. Que si amaba más la pobreza que a los propios pobres, que si primaba el sufrimiento sobre la vida, que si fanática amiga de dictadores… argumentos repetidos machaconamente en los últimos tiempos cuyas únicas fuentes, por lo que se ve, han hecho fortuna descalificando a una mujer buena. En esta fiesta de las insidias, no podían faltar los ataques a la figura de Juan Pablo II, ese ogro blanco imprescindible en cualquier manual de la mitología progre.

No he sido especialmente seguidor de la obra de la madre Teresa, ni me gustan en exceso los ceremoniales excesivos de las canonizaciones y así lo he escrito alguna vez, pero menos me gustan las reacciones revanchistas y oportunistas que surgen insultantes desde afuera en cuanto la Iglesia tiene algo que celebrar. Y duelen más las críticas de asociaciones y teólogos de adentro que se comportan como palmeros complacientes de no se sabe quién. La inmensa mayoría ya sabía, mucho antes de que la Iglesia lo cantara, que Teresa de Calcuta era una santa, tal es su carisma y su legado. Lo que no podíamos imaginar es que esto molestara tanto a otro tipo de miserables.

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