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Ignacio del Valle

El síndrome de Fradejas

Aquí a las ocho de la tarde se aplaude poco. Es por falta de masa crítica. La madriguera está ubicada en una depresión más demográfica, que geográfica. No hay vecinos stasi que pregonen por los balcones, ni bingos comunitarios. Tampoco saludos de hola don Pepito, hola don José. Niduelos trompeteros,teatrillos, conciertos de mesa camilla para disfrutar o maldecir desde los palcos domésticos.

Escasean los niños llorones y prolifera mucho trino de pajarito lindo al que persigue el gaterío cuando no está sesteando. A veces hasta se escuchan las olas del mar que suena a muerto. Es un barrio residencia geriátrica más que residencial. Imagínese el ambiente luctuoso y las tembladeras de mando a distancia en el bloque de las viudas. Por eso, la matriarca comanda el submarino-madriguera-neotiesa con rumbo gorra de plato. La paisana me ha encomendado una misión. Ya iba enfilando hacia la caja de herramientas,  cuando me sorprende mi santa con que busque unos aplausos enlatados en YouTube.

La idea es animar el patio sonoro a la hora del desfogue y agradecimiento de hasta mañana a las ocho, cuando toca la cita del rosario de vivas a los que mantienen todo esto en pie.Aplausos de corta y dar el pego como en las estadísticas precocinadas. Es escuchar “Aplauso” y me posee el espíritu de Fradejas, el lado oscuro del playback, uno de los presentadores de la tele más difíciles de mirar, de los tiempos del Uribarri de “la canción ligera” y los primeros colorinches de la democracia. Estoy rebuscando en el ropero unos pantalones de campana y chaqueta de solapón.

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