Han venido ahora a cumplirse -no tanto a conmemorarse- ochenta años desde que una horrible mañana, en plena Guerra Civil y siendo día de mercado, la fuerza aérea republicana soltó, sin aviso previo alguno, varias toneladas de bombas, en tres cortas pero mortales pasadas, sobre la población civil de la ciudad cordobesa de Cabra, causando, en pocos segundos, ciento nueve muertos y más de doscientos heridos, entre hombres y mujeres, entre viejos y niños, entre parados y trabajadores, entre gentes humildes, sencillas que, inadvertidamente y acostumbrados a la relativa tranquilidad cotidiana de una población de retaguardia; aunque en un país en vergonzosa y dolorosa Guerra Civil; hacían su vida con la normalidad y la tranquilidad que ellos mismos se inventaron, hasta esos momentos.

Cabra es una bella población de la Subbética, rodeada de huertas, viñas y olivares, con un famoso y prestigioso colegio -Aguilar y Eslava- en el que se habían formado, hasta entonces -y luego, también- muchos ilustres prohombres de las artes, las letras y el servicio público, entre ellos varios ministros de diferentes gobiernos e incluso el mismísimo primer Presidente de la II República, don Niceto Alcalá-Zamora Torres, que rigió los destinos de aquel dolorido país desde diciembre de 1931 hasta abril de 1936, en que resultó engullido por la insaciable vorágine política que hizo ascender a don Manuel Azaña al ya inservible sillón presidencial republicano.

Cabra celebraba mercado, al que acudían gentes de la propia ciudad y de los muchos cortijos circundantes. Cada uno de su padre y de su madre. Habían, pues y como eslógico, tírios y troyanos, de todas clases y pelajes y sobre todo gentes asustadas, tristes y llenas de hambres e incertidumbres, en los meses finales de una guerra brutal e inmoral. Nada hacía presagiar aquella descarga cruel de toneladas de muerte que jamás fue explicada ni por la que se pidió perdón. Cabra no tenía cuarteles ni industrias militares, ni era paso, residencia castrense ni objetivo de nada parecido. La guerra le cogía a trasmano. Pero se le vino encima de golpe, desde el cielo de una república que ya mordía la derrota y cuyos dirigentes se habían puesto a buen recaudo, proveídos del parné necesario para no sentir necesidad alguna luego de irse.

Aquella lluvia de fuego y muerte, que destrozó en segundos vidas y hogares sin distinción, nunca encontró -como sí Guernica- alguien que relatase la odisea reprobable, por brutal e injusta. Ni siquiera hoy la Vicepresidenta Carmen Calvo, nacida y criada en tan bella como maltratada ciudad del Sur de Córdoba. ¿O no?

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