Paisaje urbano

Los transversales

Por unas razones o por otras, los grandes partidos no terminan de aglutinar el voto todo lo que quisieran

Se nota que anda el patio político revuelto ante el más que probable adelanto de las elecciones andaluzas a la primavera, que a buen seguro repercutirá en las posibilidades de unos y de otros ante la batalla de las generales, que se presenta más abierta que nunca. Aquí, quien no presenta un libro ofrece un pacto de candidatura, y quien no maniobra por detrás para marcar los tiempos rechaza presupuestos aunque sean los más sociales de la historia. Nadie cede un metro, porque todos tienen mucho que perder. Las estrategias defensivas no sólo predominan en el fútbol.

Hasta hace un cuarto de hora, Yolanda Díaz era una abogada de provincias, militante del PC, nombrada ministra de Trabajo por la cuota morada y designada por Pablo Iglesias como sucesora universal de su fallido legado. Ahora, vemos a la misma señora impecablemente vestida en las portadas de los dominicales, aupada sobre un supuesto movimiento regenerador dispuesta a discutirle el campo al viejo PSOE. Y para no espantar a los que todavía ven la piel del lobo del comunismo sobre el corderito de los abrazos y las sonrisas, repite ante quien quiera escucharla que lo suyo supera la dialéctica izquierda-derecha para instalarse en esa vaga zona común de lo que a todo el mundo importa. El cómo se consigue, que lo explique otro.

En el otro lado, todos creíamos que Vox era un partido (muy) de derechas, y distinguíamos dos tipos de votantes: el derechón de toda la vida, de mocasines y banderita en el reloj, al que por fin un partido dice bien alto lo que ellos vienen repitiendo en los bares desde los tiempos del colegio; o los muchos desencantados del PP que no terminan de ver en Casado la necesaria alternativa para un verdadero cambio de rumbo. Ahora han olido la sangre, y aquí que han mandado a la intrépida Olona a estas tierras, pura artillería pesada, que lo mismo le habla al señorito que al obrero. ¿Quién dijo clases?

Por unas razones o por otras, los grandes partidos no terminan de aglutinar el voto todo lo que quisieran, y ello acrece las posibilidades de los pequeños, que a su vez intentan ensanchar todo lo que pueden sus bases para llegar a la mayor cantidad de gente. Movimientos transversales, los llaman. Se palpa la inquietud en unos y otros, pero si se fijan, diríase que al que menos se le nota es al presidente Sánchez, siempre tan seguro de sí mismo. Quizá sea porque él es la propia transversalidad en persona.

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