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El trasvase

Me alegra saludar la iniciativa del Gobierno andaluz, que ofrece a Sanidad sus camas y sus respiradores

La semana pasada lamentaba aquí que el Gobierno hubiera permitido concentraciones masivas a primeros de marzo, poniendo el ejemplo de algunas de las habidas en Madrid: el partido Atlético Madrid-Sevilla, el mitin de Vox y un concierto de Isabel Pantoja. También lamentaba, por idéntico motivo, que se hubieran celebrado las manifestaciones del 8-M. Lo cual me convierte, según la vicepresidenta del Gobierno, señora Montero, en alguien contrario al feminismo; y por igual razonamiento, en enemigo declarado del fútbol, de Vox y de doña Isabel Pantoja. Sin embargo, mi enemistad más inmediata era con el error. Y si era un error, a mi juicio, permitir tales concentraciones públicas, cuando ya se advertía de lo contrario desde instancias autorizadas, mayor aún fue el de alentarlas (y subrayo el verbo, alentarlas), como ocurrió con las manifestaciones del 8-M.

Dicho lo cual, me alegra saludar la iniciativa del Gobierno andaluz, que ofrece a Sanidad sus camas y sus respiradores, como también lo había hecho ya el Gobierno gallego. Sin embargo, estas muestras de solidaridad señalan una derrota mayor y más profunda: aquella que descubre la carencia de una autoridad central que regule, de manera inmediata, los desajustes autonómicos como los que hoy nos afligen. Un mecanismo así no obraría contra la autonomía de las comunidades y sí en favor de la eficacia del conjunto. No obstante, ayer sabíamos que las comunidades autónomas apenas colaboran entre ellas. Y ello después de muchos días de vertiginoso hacinamiento y lucha contra el colapso. Con lo cual, parece que queda al albur de cada comunidad, de su disponibilidad saturada, de su malla burocrática, la gestión parcial de unos recursos que acaso resulten más necesarios en otros lugares de España. A la vista de los acontecimientos, no es fácil que se produzca dicho trasvase en la resolución de la pandemia actual. Pero sería inexcusable si, en el futuro, la desgracia vuelve a traducirse en diecisiete subdramas, cada uno encapsulado en su tragedia.

En Málaga, en Madrid, en Martorell, se fabrican ya respiradores sencillos y eficaces que acudirán en socorro de cientos de españoles, hoy necesitados. No puede dejar de pensarse, por esto mismo, en el desaprovechamiento de recursos fruto de la descoordinación autonómica. Esta mutua ignorancia entre administraciones hoy tiene un oneroso coste en vidas. ¿Nos acordaremos de ellos, de los vivos y de los muertos, cuando vuelva la tediosa, la urgente, la necesaria vida parlamentaria?

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