Tinta con limón

El valor de los valores

Ahora que el Málaga se ha quedado sin ascenso, su estabilidad económica mengua y la copropiedad blanquiazul aventura un tsunami, es cuando tiene más motivos para sentirse ganador. Los marcadores no miden el éxito, ni las divisiones definen la categoría. El césped dijo "no" ante el Dépor. La grada, en una lección con acuse de recibo planetario, demostró un amor incondicional que vale más que miles de retuits. Las lágrimas en los ojos de los jugadores dando las gracias a la afición son la semilla de un éxito por venir. Un reclamo para futbolistas a los que se quiere fichar en verano. Son la certeza de que hay una base de seguidores sobre las que construir un sentimiento de pertenencia. Y los despachos, los de la gente que los copa a diario sin cafeteras de última generación ni Play Station, rezuman malaguismo.

Concretamente, uno de los despachos que comparten los tres vértices de la Fundación MCF: Lucas Rodríguez, Basti y Domingo Manuel Muñoz. No tienen sueldos astronómicos ni portadas durante el año. Pero el despacho más pequeño posee el corazón más grande.

Ellos son los artífices de una liga que nunca deja de jugarse: la de conectar el club con la ciudad. El déficit histórico de cariño del Málaga con su gente, sobre todo de la provincia, es una herida que han venido cosiendo en los últimos años. Pero es especialmente el compromiso social que demuestran día a día el que está solidificando las raíces de la entidad en la piel de Málaga.

Si su campaña de Valores Blanquiazules viene haciendo en los últimos años una impagable labor por los colegios y centros desfavorecidos, esta temporada se han sublimado con su apuesta por el equipo genuine, el que forman los tremendos chicos de la Escuela de Discapacidad Intelectual del Málaga CF. Y no es por su conquista del Grupo Compañerismo en LaLiga Genuine ni por cómo los agasajaron cual si hubieran levantado la Champions, sino por cómo los tratan lejos de los focos.

El Málaga de acento catarí y custodia compartida, el del ascenso a Primera perdido, el de los descensos del filial y del equipo femenino, es el de un escaparate cambiante según los resultados y la pasión con que se analicen. El futuro y su buen corazón están asegurados en la grada y ese pequeño despacho.

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