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Tribuna

alfredo fierro

Psicólogo, filósofo y escritor

Cuarentena

Durante el confinamiento habrá que aprender o reaprender a leer, escuchar música, dibujar, entretenerse en pasatiempos

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Cuarentena

La Cuaresma 2020 ha mutado como un virus. Se ha hecho cuarentena para algunos y para la mayoría aislamiento, que quizá atenuado se prolongará más de las dos semanas del decreto de estado de alarma, sin más procesiones que las que vayan por dentro y sin fecha prevista para una florida Pascua donde todos revivan para las rutinas y quehaceres cotidianos. La recomendación -en rigor: la moral, la ética, la obligación- para el ciudadano común es quedarse en casa. Cada cual puede correr si quiere el riesgo de contagiarse, pero es inmoral contribuir a expandir el virus, contagiar a los demás. Pero incluso el más egoísta de los individuos habría de permanecer en casa por su propio bien, por egoísmo sanitario, y así de paso, oblicuamente, adoptar la conducta prosocial y cívica de evitar el potencial contagio a otros. Cada cual puede ser tan hipocondríaco como le pida el ánimo, pero también inmoral es acudir a urgencias y servicios médicos sin causa suficiente y colapsarlos.

Pertinente al caso es un dicho de Pascal, el de que muchos males nos vienen de no saber estar en casa. Durante el confinamiento habrá que aprender o reaprender a leer, escuchar música, dibujar, entretenerse en pasatiempos. Lo de ver la tele y moverse por Internet lo tiene bien aprendido casi todo el mundo y ahora podrá practicarse sin tasa. Los mayores, además, tenemos ocasión de probar lo que García Márquez consideraba el secreto de una buena vejez: un pacto honrado con la soledad. Los peques lo tienen más difícil: para hacer que lo comprendan, para que se conformen con corretear de una habitación a otra.

Se han disparado los WhatsApps. Instructivos en su mayoría, no faltan, sin embargo, los que aprovechan la calamidad para insultar al gobierno con groseros chascarrillos (nada que ver con la siempre necesaria crítica). También circula alguno de tinte apocalíptico: el que interpreta que la pandemia es una "venganza" de la naturaleza por no haberla respetado en esta edad de intrusión humana en ella, en la edad que ha venido a llamarse Antropoceno. Eso se parece mucho a las prédicas que antaño interpretaban pestes y otras calamidades como aviso y castigo de Dios. Sin pensar en fuerzas sobrehumanas, dejando para la investigación científica dilucidar los factores causales y hallar una prevención universal eficaz, hay que pensar y actuar con pragmatismo, con higiene y limpieza, con sanos egocentrismos como el de lavarse bien las manos.

Durante este aislamiento hay otra moral, que no es la del ciudadano corriente. Es la de quienes han de velar por la salud y bienestar de todos y por la contención del virus, la deontología de médicos y personal sanitario, de los servicios de orden, de limpieza y otros servicios públicos, transportes, medios de comunicación, trabajadores en farmacias y en el ramo de alimentación. Mientras los demás estamos en casa, ellos han de estar en el tajo, en la calle, en el hospital o ambulatorio, en la tienda, al pie de su profesional cañón, en primera línea, asumiendo un riesgo superior de verse afectados. Hay que reconocérselo y agradecerlo ya con gran aplauso. No escatimemos la calificación de heroísmo para muchas de sus acciones. Cuando todo haya pasado no bastará con más aplausos y medallas. Serán indispensables medidas de alcance ambicioso en política social y sanitaria. Se habla ahora con razón de la necesidad de reforzar la sanidad pública española, que si bien superior a la de muchos países ha sufrido recortes y desarreglos que es preciso reparar. No se habla tanto de la urgente mejora de los servicios de limpieza, contratados a veces con empresas poco responsables y con empleados mal pagados.

Lectura apropiada para estas semanas es La peste de Albert Camus: un relato calificado por el narrador como "testimonio" y "crónica" de unos hechos sucedidos no recientemente en Orán, sino en varios tiempos y lugares. Camus despliega el lienzo de la entera gama de conductas ante una plaga: de las indecentes a las heroicas, solidarias. Con el pensamiento en estas clava una de sus sentencias más afortunadas, la de que "algo se aprende en medio de las plagas: que hay en el hombre más cosas dignas de admiración que de desprecio". Es admiración por aquellos que "no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan por ser médicos". O celadores, servidores públicos, tenderos...

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