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Tribuna

JOSÉ M. PÉREZ JIMÉNEZ

Inspector de Educación

Enseñanza en confinamiento

Una de las consecuencias del confinamiento es que los niños y jóvenes desaparecieron de uno de sus lugares naturales, los colegios e institutos, para refugiarse con sus familias

Enseñanza en confinamiento Enseñanza en confinamiento

Enseñanza en confinamiento / rosell

Desde que se decretó el estado de alarma para que nos colocáramos en posición de defensa contra el maldito virus que nos amedrenta, tras vislumbrar la gravedad de lo que se avecinaba, vivimos una situación de irrealidad que, paradójicamente, nos está haciendo tomar conciencia, valorar e interpretar, de forma bien distinta, precisamente la realidad en la que vivíamos antes de esta pesadilla. De pronto, han aflorado de forma cruel, grandes e insospechadas debilidades, nos sentimos frágiles, en contra de la falsa omnipotencia que nos otorgaba el simple hecho de poseer bienes, está emergiendo la grandeza de los grandes y la mezquindad de los irrelevantes, se ha incrementado exponencialmente la incertidumbre que ya venía sobrevolando nuestras vidas, nos está obligando a ponernos delante de nosotros mismos, de nuestra finitud. Todo esto lo vivimos en espacios limitados, en soledad o compartidos con un pequeño grupo de personas que unas veces nos sirven de espejo, y otras de contraste para lo que está ocurriendo, y de las que estamos descubriendo facetas que nunca habríamos apreciado.

Una de las consecuencias del confinamiento es que los niños y jóvenes desaparecieron de uno de sus lugares naturales, los colegios e institutos, para refugiarse con sus familias en sus casas, con la incertidumbre consecuente sobre sus vidas. Aun siendo la prioridad salvar vidas, la enseñanza de los pequeños y jóvenes se ha situado entre las preocupaciones de familias, maestros y profesores. Hasta el extremo de que se está desarrollando una labor ingente por parte del profesorado y los directivos, digna de todo encomio y admiración. Con la mejor intención se trata de normalizar la excepcionalidad que estamos viviendo, proponiendo la enseñanza a distancia y telemática, en confinamiento, para paliar los efectos de la no asistencia a los centros educativos.

Pero, a pesar de las enormes posibilidades que ofrece la tecnología digital, para remitir tareas a los alumnos y sus familias y hacer seguimiento de las mismas, nunca como ahora se aprecia el valor de la presencia real, no mediatizada por una herramienta, el contacto directo que permite todos los matices, y la mirada que facilita el conocimiento real y profundo. Nunca como ahora, vamos a poder apreciar el valor que tienen los alumnos y las alumnas para sus profesores y profesoras y viceversa, los maestros y maestras para sus alumnos y alumnas. Es una ocasión única para comprender y demostrar la necesidad de la educación pública, como lo está siendo, en muchísima mayor medida, la de la sanidad pública, dos bastiones imprescindibles para un estado democrático que pretenda el bienestar de quienes lo habitan.

Por supuesto que, mientras tanto, debe realizarse el esfuerzo por enseñar aunque sea a distancia a nuestros niños y niñas. Pero sin olvidar que los tres fines fundamentales deben ser: mantener el contacto con ellos y la guía idónea a sus familias, para que sientan que sus maestros y maestras están ahí, apoyando y esperándolos; priorizando aspectos fundamentales y básicos de la enseñanza, sin grandes avances y pretensiones que no pueden sustanciarse en la distancia, y que podrían ser contraproducentes, por ejemplo fijando errores que como sabemos son difíciles de erradicar después y, lo que es más importante; velando especialmente por los que más dificultades puedan tener, bien para mantener el contacto digital o para seguir el proceso.

Victor Frank en un libro de referencia titulado: El hombre en busca de sentido, escrito durante su confinamiento en un campo de concentración nazi, demostró que aquellos que sobrevivieron a situación tan extrema lo hicieron porque, incluso allí, encontraban un sentido a sus vidas que les dotaba de la fuerza necesaria para seguir adelante. Sin establecer una comparación entre aquello y lo que vivimos ahora, puesto que sería injusto, es innegable que estamos ante una situación excepcional, no vivida por ninguna generación actual. Ante la que para defendernos y sobrevivir, con la enorme capacidad de adaptación propia de nuestra especie, por una parte exploramos formas de evasión y, por otra, tenemos necesidad de seguir sintiéndonos útiles. Creo que en esta labor de búsqueda de sentido a lo que está ocurriendo, los que se dedican a la enseñanza pueden desarrollar una importante tarea, esto es lo fundamental. Y, sobre todo, cuando volvamos, no nos olvidemos de lo ocurrido y saquemos, junto a nuestros alumnos, conclusiones que nos conduzcan a una vida mejor.

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