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Salvador moreno peralta

Arquitecto

Mercancía blanca

Para la industria de la información, la muerte de F. Ochoa es pura materia prima con la que fabricar una mercancía, la mercancía de un relato moderno

Mercancía blanca Mercancía blanca

Mercancía blanca

Tras varios días de búsqueda y zozobra apareció muerta la gran esquiadora Blanca Fernández Ochoa, confirmándose los peores presagios. Hay ahí un drama, un drama nimio entre los millones de dramas que se están dando simultáneamente en el mundo, pero infinito en el pequeño ámbito en el que se produce: el del sufrimiento padecido por Blanca -sea cual sea la causa de su muerte- y sus allegados, que es un enorme asteroide, ínfimo en la inmensidad del espacio estelar. Así es el dolor humano, un instante de dolor en el dolor general de la existencia. "Era yo un niño en el parque y ya estaba tu dolor en la memoria del aire" escribía ese zahorí de la naturaleza humana que fue el gran Manuel Alcántara. El aire que respiramos para vivir se compone de oxígeno y nitrógeno, que no se ven, pero lo que realmente da la vida es el dolor, que también es invisible y que solo cede ante la muerte, surgiendo de esa paradoja la grandeza trágica de nuestro tránsito por el mundo. Con mayor o menor intensidad, más tarde o más temprano, recibiremos nuestra ración de dolor, breve o duradera, pero la cuestión está en saber hasta dónde podremos soportarla. Punto y aparte.

Para la industria de la información, la muerte de Blanca Fernández Ochoa es pura materia prima, y de las buenas, con la que fabricar una mercancía, la mercancía de un relato moderno, que tiene sus propias formas de ser consumido, distintas a las de los relatos tradicionales del ya lejano mundo analógico. Para escribir un relato sobre el papel, con pluma o teclado, había que empezar teniendo una historia que contar y, si era lo suficientemente buena, llevaba un impulso propio que, a poco que se supiera juntar bien las letras, ya lo tenía casi todo ganado. Seguro es que una buena historia se puede malograr por un mal desarrollo, pero es más seguro todavía que una mala historia no se sostenga sólo por un brillante ejercicio de estilo. Hoy día esas mismas leyes se siguen cumpliendo, pero de la manera que corresponde a una sociedad digital y apresurada, que ha sustituido la complejidad del discurso escrito por la urgente simpleza del emoticono.

La narración, hoy, está en otro soporte que no se almacena en bibliotecas ni se lee plácidamente en un sillón. La narración hoy no da pábulo a la reflexión sino a la conmoción breve y pasajera, como el efímero sabor de un chicle que pierde el gusto una vez mascado para ejercitar las mandíbulas del que calienta motores a la espera de despegar con otra pastilla. Es el mecanismo de la adicción a la droga, basado en la fulgurante intensidad de su efecto en contraste brusco con su temporalidad. La narración hoy dura lo que un tripping de dama blanca, una raya en un lavabo de discoteca. La muerte de Blanca Fernández Ochoa ha reavivado el ritual de esa narración efímera, a saber: espera, incertidumbre, ¡noticia bomba con la aparición del cadáver!, testigos, entrevistas, el "qué se siente, qué se siente" de las niñas de Alcásser, qué sustancias tomó, quién la amó hasta el final, el mundo del deporte llora a Blanca, condolencias del presidente, de todos los presidentes de algo, carrera de condolencias, arden las redes, vómitos de Twitter contra el mundo, más testimonios de gente que la vio en sitios imposibles, la capilla ardiente en imágenes, un poco de geografía, ya sabemos situar Cercedilla en el mapa, otra noticia bomba: ¡nos hicimos con el resultado de la autopsia!, luces y sombras de una vida, lo que nadie sabía de… y así, en un aquelarre de buitrera mediática con pirotecnia de negros fuegos artificiales ha ido transcurriendo el consumo de esta mercancía de gran pureza informativa, frente al ya aburrido monopolio de esa otra mercancía adulterada que era la formación de gobierno entre los partidos de la izquierda, sosa, previsible, amañada y con escaso sentido del espectáculo.

¿Que es obscena esta mercantilización de la muerte? Naturalmente podría resultar así si tuviéramos un entorno decoroso como referencia, pero hace mucho tiempo que la ley del consumo supeditó cualquier miramiento ético a la razón suprema del beneficio, llegando incluso a la filigrana posmoderna de que algunos consumidores devinieran también pura mercancía a consumir. Si el principio de la máxima rentabilidad se aplica ya a unas personas vivas que, sin oficio pero con gran beneficio, generan una alta rentabilidad sacándoles partido a su inanidad ontológica, como influencers y otras chorradas parecidas, ¿por qué no seguir exprimiendo el limón explotando la memoria de algunas personas muertas cuyo provecho radica, precisamente, en que nos lo podemos inventar todo de ellas sin que necesitemos su consentimiento?

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