Tribuna

alfredo fierro

Psicólogo, filósofo y escritor

Ojalá

Con tales extremos no se va a ninguna parte; tampoco al predecir que una porción de nuestro anterior género de vida cambiará, será irrecuperable

Ojalá Ojalá

Ojalá / javier albiñána

Para el incierto "después" tras la primera ola y para la presunta nueva "normalidad" hay pronósticos basados en conocimientos de economía, de psicología social, sobre todo de microbiología, de epidemiología, de ciencia que avanza más despacio que las conjeturas. Esta página apunta no a los pronósticos fundados, sino a las conjeturas, opiniones y profecías, ocurrencias de futuro, que tanto han prosperado: asimismo a las buenas intenciones, consejos, pensamiento desiderativo, inspirado en el deseo.

Los horóscopos, deseos, los ojalá, son baratos, al alcance de todos los bolsillos, incluidos los más pobres. En tesitura de deseo, y aparte de las peticiones personales en carta a los Magos, para el país o para la humanidad hay mucho que desear públicamente cara al "después": ojalá entremos todos en razón, ojalá nos respetemos más unos a otros, ojalá haya mejor distribución de la riqueza, menos pobreza, ojalá pueda todavía detenerse la degradación del medio ambiente, de la naturaleza, del planeta.

Han pronosticado no solo los famosos de tertulia y de papel cuché. También algunos intelectuales, ideólogos, envueltos a veces en manto de filosofía, de antropología o de teoría de la civilización, han elevado sus propios deseos o temores a previsiones; se han erigido en expertos en futuro, alegres profetas o tristes agoreros de un mañana incierto. Han hecho predicciones sin más olfato que el de los arúspices al interpretar las entrañas de los animales sacrificados. Las han hecho por lo general a partir de sus propias entrañas ideológicas: de sus previas teorías sobre la sociedad o sobre el universo mundo. La crisis sanitaria y económica les lleva a confirmar lo que ya predecían antes, acaso algún fin de la historia: pongamos por caso, que el capitalismo está acabado o que solo ahora salimos del neolítico. A ninguno de ellos la crisis parece haberle roto esquemas previos. Sus pronósticos se han ajustado a lo que ya antes preveían, solo que ahora con mayor intensidad, certeza, vehemencia. De su opinión de futuro suele ser cómplice el deseo, aunque también a veces el temor, como los apocalípticos, visionarios de una civilización que colapsa, cuando no de una humanidad en extinción: no por un gigantesco aerolito como los dinosaurios, sino por este o algún otro imperceptible virus, pues, además, advierten, la actual pandemia no ha sido la peor de las pueden caerle a nuestra depredadora raza.

Las predicciones han oscilado entre extremos: de la crisis saldremos mejores / peores; todo / nada va a seguir igual. Con tales extremos no se va a ninguna parte; tampoco al predecir que una buena porción de nuestro anterior género de vida cambiará, será irrecuperable, una obviedad al alcance de los párvulos. ¿Cuánta o cuál será esa porción? Los expertos -no los tertulianos de plató ni los ideólogos- están dibujando algunos detalles verosímiles de la futura convivencia. Es bien seguro, desde luego, lo sabemos por experiencia, por la historia, que lo deseado y deseable no lleva consigo garantías de ser lo más probable.

Bajo la modalidad sea del temor o del deseo han comparecido, además, los juicios acerca del "deber", de cómo deberían ser las cosas. La sociedad debería ser más respetuosa con la naturaleza, permitir un acceso universal y gratuito a la sanidad; habríamos de relacionarnos más y mejor pese al distanciamiento físico; deberíamos todos ser más solidarios; habría que … Por desgracia, el "deber" no lleva consigo garantías de conducir al "ser". Deseos, intenciones, juicios morales pueden conducir a un futuro real cuando vienen de personalidades con gran responsabilidad política. Por eso fueron significativos el pasado 8 de mayo, Día de la Victoria en Europa, los pronunciamientos de los más altos ejecutivos de la Unión Europea y de los presidentes de parlamentos o asambleas de cuatro países. Europa, dijeron, ha de salir reforzada de la crisis con una reconstrucción en espíritu de solidaridad y cooperación; ha de ser más saludable y sostenible, más democrática frente a los totalitarismos. En manos de esos líderes está en buena medida que llegue a suceder así. Sus "ojalá", sus juicios sobre lo que "debe ser" pueden -deben- plasmarse en realidades.

Los ciudadanos de a pie, peatones de la historia y a menudo víctimas en ella, tienen sus propios deseos. El cumplimiento de algunos no depende de ellos mismos: ojalá recupere mi trabajo o los encargos de profesional autónomo, ojalá no se hunda la pequeña empresa familiar. El único que parece depender mucho del peatón es "que no me pille el virus". No es poca cosa. Eso depende no tanto de alguna gran Administración, cuanto de la administración propia de la higiene personal, de los contactos y de las distancias.

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