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Tribuna

alfredo fierro

Psicólogo, filósofo y escritor

Propiedad parental

Propiedad parental Propiedad parental

Propiedad parental

Mis hijos son míos y no del Estado", afirmó un líder político hace un par de semanas a rebufo de la polémica sobre el pin o veto parental, sin defenderlo de manera expresa, pero dando a entender que lo comprende. Las polémicas políticas más de una vez, como en este momento, traen a cruda luz divergencias ideológicas profundas, que conviene clarificar reposadamente sin el apremio de las decisiones que día a día han de tomar gobernantes y administradores. Al líder que así habló habrá que reconocerle haber dado voz, altavoz, a no pocos padres que repetirían esa misma cantinela y no solo con ocasión o a propósito de una cuestión educativa: nuestros hijos son "nuestros".

Vale la pena discutir esa idea -ese prejuicio- más allá de una circunstancial polémica escolar. ¿Son los hijos propiedad de los padres? ¿Lo son a efectos educativos o a cualesquiera otros efectos? Puede y suele decirse "mis padres", "mis hijos", "mi mujer", sin ninguna connotación de propiedad, que en cambio predomina en "mi casa" o "mi coche". Los pronombres posesivos denotan siempre una relación de pertenencia, aunque inocente por lo general. Si digo "mi pueblo", "mi barrio", no me lo estoy adjudicando como propietario o poseedor. Tampoco me adueño de ellos si digo "mis vecinos". En cambio, los posesivos devienen equívocos y pueden deslizarse hacia la apropiación en lo relativo a personas: en particular en "mis hijos", "mi mujer". También estas expresiones pueden decirse con entera inocencia sin ánimo alguno de propiedad. Ahora bien, la doble posición del pronombre posesivo delata ánimo posesivo, propietario, en quien dice con énfasis "mis hijos son míos" o "mi mujer es mía". Entonces el pronombre reivindica propiedad sobre personas a la manera de objetos, como en la frase "mi casa es mía".

Los juristas romanos definieron la propiedad como "ius utendi et abutendi": derecho de usar como me dé la gana, de "abusar". De modo que si soy propietario de un piano o de un televisor puedo disfrutar de él a mi gusto y también arrinconarlo, destrozarlo, regalarlo, venderlo o deshacerme de él. Tocante a personas, en extensión criminal de la mentalidad de propietario, se llega al "uso" de la mujer que el varón considera "suya", al "abuso" delictivo, sexual u otro.

No son pocos los que se consideran propietarios de su mujer, y no solo poseedores posesivos. En el extremo sangriento está el asertivo "la maté porque era mía", que por desgracia no es solamente una letra de canción, sino crimen muchas veces repetido. (Por cierto, breve digresión: pocas mujeres dirían "mi hombre es mío" en el sentido dominador en que tantos hombres se apropian de sus mujeres; y ningún hijo o hija dice "mis padres son míos".) Alguna vez también se da el crimen con los hijos propios, a los que el asesino reputa propiedad suya. En la ficción es el mito de Medea que los mata para herir al infiel padre, a Jasón. En la más trágica secuencia del nada dulce film La dolce vita el intelectual Steiner mata a sus hijos antes de quitarse la vida él mismo. El filicidio no es tan frecuente como el parricidio, pero también se ha dado y no ya solo en la ficción. En La madre de Frankenstein Almudena Grandes acaba de recordar la terrible historia de Aurora Rodríguez, asesina de su propia hija, Hildegart, a la que quiso esculpir como mujer perfecta y a la que mató con cuatro tiros en 1933 cuando vio que se le iba de las manos para vivir su propia vida.

Y, regresando a lo del comienzo, "mis hijos son míos y no del Estado": es frase ilegítima, que degrada la paternidad al mudarla en propiedad, humilla a los hijos, a las personas, al rebajarlas a la condición de objetos, como el televisor o el coche; es, además, frase tramposa, tergiversadora, como si el Estado fuera el rival en esa propiedad. Es cierto que los hijos -y los ciudadanos- no son del Estado ni de la sociedad, pero tampoco de su padre o su madre. En verdad los hijos no pertenecen a nadie, no son de nadie. Son suyos, solo suyos.

Habrá que repetirlo mucho hasta conseguir quebrar unos prejuicios bien blindados con coraza autoritaria: Los niños no son de los padres, ni del Estado, ni de los maestros. Son de ellos mismos, muy suyos, y de sus circunstancias todas (yo = "yo y mi circunstancia"). Son lo que su dotación genética les permite y ha troquelado en ellos, lo que su circunstancial entorno (familia, escuela, amigos, televisión) va a potenciar -o a reprimir, ¡ay!- en ellos, y lo que, progresivamente capaces, vayan haciendo ellos de sí mismos.

Habrá que releer un conocido poema del libanés Jalil Yibran (1883-1931). Tiene enjundia no solo educativa, política, también antropológica, filosófica: "Tus hijos no son tus hijos / Son hijos e hijas de la vida deseosa de ella misma / Aunque vivan contigo no te pertenecen / Viven en la casa del mañana / No te empeñes en hacerlos semejantes a ti / Tú eres el arco del que tus hijos salen disparados como flechas / Deja que la inclinación de tu mano de arquero los envíe hacia la felicidad".

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