Tribuna

Javier González-Cotta

Editor de Revista Mercurio y escritor

La barbarie cumple años (1991-2021)

Tudjman no fue sino el sosias mesiánico del serbio Milosevic. En marzo de 1991, vigilia de la matanza, ambos líderes acordaron en secreto repartirse el tapete multiétnico de Bosnia

A modo de fantasmagoría, las endebles fronteras de los Balcanes occidentales vuelven a causar temor y fastidio en la UE. Hace poco, por vía alterna, llegaron hasta Bruselas unos documentos anónimos que, un poco en clave John Le Carré, se conocen como Non-Papers.

En dichos papeles se aboga por redibujar los mapas en Bosnia-Herzegovina, pero esta vez a través de la paz y no de la barbarie. Croacia y Serbia se repartirían Bosnia y se dejaría sólo un cantón bosniaco, de credo musulmán, bajo tutela de Turquía -de nuevo el Turco en los Balcanes- o bien de la propia UE. A su vez, Kosovo pasaría a ser parte de Albania, mientras que el norte kosovar, más proserbio, se convertiría en un ente autónomo. Vuelven, pues, los apetitos fronterizos al reñidero de los Balcanes. Regresan también los sueños lascivos e incumplidos de forjar la Gran Albania, la Gran Serbia o la Gran Croacia.

El mapa administrativo de Bosnia-Herzegovina es hoy una papilla de cantones, federaciones y repúblicas. Por un lado, la Federación de Bosnia aglutina a bosniacos musulmanes y a croatas bosnios. La impronunciable República Sprska abriga, asimismo, a los serbobosnios que viven en una especie de hoz invertida, que va del norte, en Banja Luka, hacia el este, donde la doliente Srebrenica, y acaba en el sur, donde Trebinje y el finiquito de la costa dálmata de Croacia.El asunto de los Non-Papers coincide con el 30 aniversario del inicio de las guerras en la ex Yugoslavia. Eslovenia declaró su independencia el 25 de junio de 1991, lo que dio pie a la Guerra de los Diez Días entre los secesionistas y el Ejército yugoslavo. Al alimón, tras el sí en referéndum del 19 de mayo, la Croacia del fanático Franjo Tudjman proclamó su independencia ese mismo día de junio. En octubre de 1991 comenzó el bombardeo de la Armada yugoslava sobre las historiadas murallas de Dubrovnik. Y, tras meses de crudo asedio y con ayuda de la milicia paramilitar de los Tigres de Arkan, caía el 17 de noviembre la ciudad croata de Vukovar, en Eslavonia oriental.

Tudjman no fue sino el sosias mesiánico del serbio Milosevic. En marzo de 1991, vigilia de la matanza venidera, ambos líderes acordaron en secreto repartirse el tapete multiétnico de Bosnia (Acuerdo de Karadordevo, siempre negado por las partes). Tudjman consideraba Bosnia una plasta artificiosa, consecuencia funesta del dominio otomano siglos atrás. Milorad Dodik, hoy presidente de los serbios bosnios, ha dicho que el país es como un ente "interminablemente temporal".

Se dice que el tiempo lo cura todo. Pero el tiempo debiera curarse también a sí mismo. Coincidiendo con este 30 aniversario del inicio de las guerras, moría hace sólo unos días Jovan Divjak, el general de cuna serbia de mayor rango en los cuadros del Ejército bosnio, la Armija. Se ocupó de la defensa de Sarajevo durante la aterradora cadencia de los cañones serbios. Lo curioso de él fue que, aun siendo serbio y nostálgico de Yugoslavia, dirigiera a soldados bosnios. Además, esta semana las altas instancias internacionales de orden penal ratificaron la cadena perpetua impuesta en 2007 en La Haya al ex militar serbobosnio Ratko Mladic.

Nunca deja de sorprendernos el azaroso embrollo que da de sí esta región mestiza, como inacabada siempre, de Europa. Fue en 1980 en Liubliana, capital de Eslovenia, donde murió Josip Broz Tito, el hacedor de la Yugoslavia socialista nacida tras la Segunda Guerra Mundial. ¿Quién le iba a decir que en la ciudad donde murió se iba a producir la primera guerra de desmembración? Croata de origen, Tito acabó con las cantatas nacionalistas y fijó el sello del nuevo Estado desde Serbia y Belgrado. Hizo viajar a los escolares a Bosnia central, a Jajce, donde se creó el nuevo socialismo federal yugoslavo. Era un viaje patriótico, que llevaba el lema Conoce tu patria para amarla mejor, como evoca Tamara Djermanovic en su bucólico libro dedicado al país perdido.

Irónicamente, mientras a inicios de los 90 la Petrokaka yugoslava se desmoronaba (el escudo con la estrella de cinco puntas), hasta el deporte balcánico se apuntaba al tiempo azaroso del enredo y la catástrofe. La otrora Jugoplastika de Split había ganado tres veces la Copa de Europa de baloncesto. La selección nacional ganó el Mundial de Argentina de 1990 y el Europeo de 1991. En fútbol, el Estrella Roja de Belgrado ganó la Copa de Europa de 1991 y, a fines de año, la Intercontinental, mientras el humus de la carnicería flotaba sobre Vukovar. Arkan y sus Tigres ultras acudieron al aeropuerto de Belgrado a recibir a los héroes y les entregaron a cada uno de ellos un terrón de tierra de la conquistada Eslavonia. En waterpolo, ni que decir tiene, Yugoslavia fue la campeona del mundo en 1991. Matar al otro se convertirá en deporte también.

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