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Tribuna

José María Agüera Lorente

Catedrático de Filosofía

De la virtud del profesor

Si el profesor quiere defender la dignidad de su oficio no debe renunciar a aquello de lo que se nutre su virtud; es decir, su fuerza frente a todos esos factores que la erosionan

De la virtud del profesor De la virtud del profesor

De la virtud del profesor / rosell

Yo veo en la apasionada polémica de estos días en torno al así llamado pin parental una oportunidad para volver a reflexionar sobre la relación de la institución educativa con la verdad, las opiniones y creencias, la ideología y la política. Las escuelas y los institutos son lugares en los que todos esos elementos con los que el ser humano conforma su mundo se encuentran obligatoriamente, porque se constituyen, de principio, en espacios en los que la cultura es materia prima y objeto del que se toma consciencia.

En ellos no cabe renunciar al compromiso con la verdad. Es un mandato de la propia ética cívica. Lo que, por cierto, no implica dogmatismo alguno, pues ésta es una actitud relativa a las creencias y no al conocimiento, que intrínsecamente es un ejercicio de crítica y escepticismo. Este espíritu es el que debiera inspirar la acción de todos los docentes cuando traten con sus alumnos aquellos asuntos para los que los que abogan por el pin parental exigen su derecho a objetar.

Creo que es valor irrenunciable de la ética docente la militante oposición a toda ideología. Ésta necesariamente conlleva la imposición de un rígido corsé al pensamiento. No entiendo que pueda caber el libre pensamiento donde impera la ideología. Todo es susceptible de convertirse en ideología; incluso la ciencia. Ocurre con la teoría de la evolución, exponente donde los haya de la cosmovisión científica, a la que el estudiante puede dar crédito simplemente porque la avala la ciencia, pero sin entenderla conceptualmente. Por eso, lo primero con lo que se ha de comprometer la institución educativa es con la práctica de la razón crítica, la cual es prerrequisito ineludible para pensar sobre cualquier cosa.

En cuanto el conocimiento y la verdad pasan a un segundo plano frente a otras funciones políticamente adjudicadas a la institución educativa, se abren las puertas de los centros académicos a los contagios ideológicos de todo pelaje y el profesor queda al pairo de las opiniones de políticos, familias y confesiones religiosas sobre lo que debe y no debe ser su labor.

Vendrán gobiernos de un signo y su contrario, se pondrán de moda ideologías que dictarán qué visión del mundo es la verdadera, unos progenitores querrán que sus hijos sean fervientes creyentes de la fe de sus padres y otros desearán que se les anime a convertirse en librepensadores, alumnos exigirán que se les respete sus opiniones en igualdad de consideración que las enseñanzas de sus maestros. De sectores diversos de la sociedad se presiona constantemente para hacer del profesorado el instrumento del que servirse para conformar la mente de los jóvenes según su particular concepción de lo que es la educación.

Si el profesor quiere defender la dignidad de su oficio no debe renunciar a aquello de lo que se nutre su virtud; es decir, su fuerza frente a todos esos factores que la erosionan causando su desmoralización. Su virtud reside en su conocimiento, en su compromiso con las verdades que ha aprendido a través del estudio y el pensamiento crítico. De ellas tiene que dimanar todo lo que enseñe a su alumnado; también lo que corresponde al ámbito de la formación cívica y humana que forma parte de esa "educación integral" a la cual se dice que tienen derecho nuestros jóvenes, y que no tendría por qué sufrir merma ninguna si desapareciesen asignaturas como Educación para la ciudadanía y los derechos humanos, Valores éticos, Cambios sociales y de género y no digamos Religión (de presencia absolutamente injustificable en la educación pública de un Estado que a la fuerza tiene que ser laico si quiere ser democrático). Porque las verdades no son un fruto que sólo crece en el campo de las ciencias positivas, sino también en las ciencias humanas, escasamente presentes en los actuales planes de estudio. Cuánto tiene la Historia que decirnos acerca de lo que al ser humano le sienta bien, cuánto la Sociología acerca del lugar a donde nos pueden conducir según qué procesos grupales, y la Psicología sobre el resultado de determinados comportamientos, y la Antropología sobre el poder de las culturas para modelar la vida de las gentes, y la Economía para atender a lo que verdaderamente tiene valor. A partir de estos conocimientos hay que sacar las consecuencias, pensar sobre la base de cómo las cosas son y cómo es el ser humano, partiendo de la verdad de la que los profesores somos portadores y transmisores, no de consignas ideológicas sujetas a la moda política de turno.

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