Sevilla

'La Piel Sensible' produce urticaria

  • Hechos cotidianos como ir al mercado o la farmacia se convierten en vivencias kafkianas, tortuosas · El dueño del único hotel de la Encarnación compara el entorno de vallas y zanjas con el hilo de Ariadna

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EVA Gomar avanzó varias casillas en el juego de la oca y llegó al mercado de la Encarnación, donde compró algo de pescado. Trabaja en una agencia de viajes y el último destino que buscó antes de irse de vacaciones al Alentejo portugués fue gestionar "un Perú" para unos periodistas sevillanos a los que antes les preparó "un Siria". ¿Y una agencia de viajes en la Encarnación? Le divierte la idea. "Yo le pondría de nombre Ariadna", apunta Íñigo Moreno, director del hotel Ducal, tapado por las setas, aprisionado por las vallas, "porque el laberinto de Creta era bastante más sencillo". Ariadna en LaPiel Sensible, nombre del proyecto elegido por el Ayuntamiento para rediseñar esta zona.

Lo curioso es que en la Encarnación, en una de las zonas más inaccesibles, hay una agencia de viajes. El viajero puede imaginar que lo que hay en el interior de la plaza es el Macchu Picchu con pobladores autóctonos que lucen cascos en sus cabezas. Un viaje laberíntico: como no se puede entrar por la acera de la agencia a Puente y Pellón, el transeúnte entra por Santillana -vacaciones Santillana, bromeará si se gastó una pasta en viajar hasta Sevilla después de convencer a la parienta, partidaria de ir a Canaima o Cayo Coco-, tuerce por Cedaceros, comprueba que es un callejón sin salida, retrocede por Ortiz de Zúñiga, encuentra un resquicio en Pérez Galdós, por Fortunata, y finalmente, atravesando Don Alonso el Sabio (antes Burro) puede llegar a Puente y Pellón.

Dos monjas salen de las Siete Puertas y no saben qué camino tomar. La Piel Sensible les produce urticaria. Van hacia la Encarnación, se lo piensan mejor y vuelven dirección Alfalfa. Hacen bien. Donde termina Puente y Pellón, un joven repite mecánicamente la frase: "Por aquí, sólo hasta Hacienda". Indiscutiblemente, es el verano de los impuestos. En la calle ha vuelto a abrir Casa Lucas: diecinueve tipos distintos de bocadillos, desde mortadela a calamares. Las máquinas van a lo suyo. Un artilugio geotécnico de Bormujos, un camión de El Viso del Alcor.

"Hay que ser muy sevillano para vivir esto día a día", dice Eva Gomar en el camino de vuelta del mercado a su casa. "Somos los únicos especímenes de España que pueden aguantar esto. En cualquier otra ciudad, la gente sale a la calle, pero aquí tenemos mucha pachanga". No se puede salir por Puente y Pellón a la derecha y tampoco es posible acceder a Regina Feria por los pares del llamado Ancho de Regina. El último espacio accesible, antes de la valla y la gigantesca zanja abierta por un pterodáctilo de hierros, es la administración de Lotería Don Antonio, cuyo propietario se trasladó hace nueve años desde la calle Zaragoza a las inmediaciones de la Encarnación. "Poco después, empezaron las obras", dice Esperanza, empleada de la Administración. En la calle se escuchan comentarios airados, rayanos en la blasfemia, contra el Ayuntamiento y quien apadrina estas obras, el Gobierno Central. Por menos surgió el tiranicidio. Pero hay quien se lo toma con filosofía. "Ha venido un señor", cuenta Esperanza, "y como no podía seguir andando, entró en la administración y ha dicho que era el destino, que se lo tomaba como una intuición, y me pidió una primitiva para jueves y sábado".

Hasta las hermanitas de la Cruz caminan en fila india por el perímetro de la Encarnación. Los obreros se ven tras la valla como actores de una película sin codificar. "A mal tiempo buena cara", se limita a decir Luis Miguel Gómez, sevillano de Pilas, vicario parroquial de la iglesia de San Pedro. "Al templo no llegan los ruidos de la obra de la Encarnación, sí se escuchan los trabajos de ensanchamiento del acerado de Cristo de Burgos y Almirante Apodaca". Comparte la resignación vecinal. "Llevan 32 años de obras y lo que quieren es que termine como sea, aunque no sea de su agrado".

El poeta Paco Vélez Nieto observa con un amigo las setas en perspectiva. "Alfonso Jiménez demostró científicamente que el anfiteatro romano de Itálica no estaba terminado. Vivimos en una ciudad que está sin terminar desde los tiempos de Trajano".

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