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Entre bambalinas

Dios de mis mayores

  • No se han cansado de ver morir a Cristo y para ellos su muerte no es un final, sino una pausa

Una vecina de la Victoria observa el trono de Monte Calvario. Una vecina de la Victoria observa el trono de Monte Calvario.

Una vecina de la Victoria observa el trono de Monte Calvario. / J. L. P.

Las calles del Viernes Santo tienen un aspecto lúgubre. Faltas de la vida que, hasta que el Nazareno del Paso vuelve a cruzar el dintel, se desarrollaba en la ciudad. Al amanecer, el silencio reina otro día más. Si los tronos estuviesen en las calles, el respeto sería tan templado como el confinamiento cuando hay quienes entienden que esto no va con ellos. Desde quien entiende que Cristo ha muerto y no va dirigir sus palabras ni abrir sus ojos por muy armónicos que sean sus tronos. Y mañana, día alitúrgico según expuso en su día el obispo Catalá a su llegada a Málaga –ante un ojiplático presidente de la Agrupación de Cofradías-, muchos olvidarán que el Triduo Pascual existe y buscarán otras formas de entretenerse. Ya todo da igual. Hasta el año que viene.

Mientras, en sus hogares esperando tiempos mejores, están ellos. Conocen de sobra el mayor milagro: Jesús resucita y un año más tarde repetirá su historia. No se han cansado de verlo morir y para ellos la muerte de Cristo no es un final, sólo una pausa. Cada primavera ellos tienen más edad, pero su Cristo siempre tendrá la misma. Han pasado por verlo en la calle entre escapadas para ver a sus parejas, a compartirlo con la familia en las aceras hasta las altas horas en las que los gatos eran pardos y ahora se resignan a contemplar una pantalla o, con suerte, verlos pasar bajo su ventana.

Los mayores vienen a darnos otra vez una lección. En tiempos complejos, pero no tan difíciles como los de su niñez… ¿Qué estamos encontrando en esta Semana Santa cofrade pero no procesionista? ¿Qué estamos haciendo de ella y qué lecciones aplicaremos para el futuro? Las prisas nos dejan de nuevo en la fugacidad del tuit, en la necesidad de publicar para que no parezca que no nos acordamos de nuestra hermandad el día de su salida. Ellos, mientras, vuelven a girar su rostro antes de dormir a esa estampa que, arrugada y con las esquinas perdidas, le acompañan desde hace décadas porque su fe no se rompe entre las cuatro paredes de su habitación.

Y cuando sea el momento de volver a salir, volverán a pisar las iglesias. Se detendrán ante el Cristo que yace y parece que, ante la ausencia de vida, es imposible que pueda escucharles. Pero Jesús muere más de una vez porque los zarpazos en la realidad superan a los que nuestra mente imagina. Ellos confían en un tiempo nuevo, en una Pascua donde se renueva el cuerpo y la mente. Sus lecciones no precisan de palabras, ni libros bíblicos, se la ha dado la experiencia del mundo.

En su cabeza reordenan esta noche lejos de caprichos de horarios e itinerarios: Redención, Amor, Descendimiento, Piedad, Santo Traslado, Yacente y Sepulcro. Detrás, la desgarradora soledad de María. ¿Y ya? No, de ningún modo. Hasta que la Resurrección llegue cuando el estado de alarma toque a su fin.

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