Jueves Santo en Málaga Día aciago en la ciudad del deseo

  • Los chaparrones obligaron a recortar el traslado de Mena, a retrasar las salidas, a acelerarlo todo y a que Misericordia volviera nada más salir. Quedó la Legión

El Cristo de los Milagros, este Jueves Santo, a su salida en la calle Mármoles. El Cristo de los Milagros, este Jueves Santo, a su salida en la calle Mármoles.

El Cristo de los Milagros, este Jueves Santo, a su salida en la calle Mármoles. / Javier Albiñana (Málaga)

Una señora de áurea permanente casi no podía mantener la emoción sentada en un banco del Palmeral de las Sorpresas mientras su esposo se resignaba a esperar con una paciencia estoica: “¡Hemos venido de Argamasilla, de Ciudad Real, de toda La Mancha! ¡No ha faltado ninguno!”, relataba a través del móvil a un interlocutor distante, con acento castellano y cristalino mientras agitaba las piernas con nervio infantil. Ciertamente, el anexo Muelle 2 parecía una versión a escala de la Babel antiguotestamentaria a eso de las 10:00 de este Jueves Santo, cuando ya se perfilaba en el horizonte el buque Furor de la Armada Española, que traía a los efectivos de la Compañía de Honores del Grupo de Caballería Ligero Acorazado Reyes Católicos de la Brigada de la Legión.

Convivían, apretujados con tal de no perder detalle y registrarlo todo en las pequeñas pantallas, tanto españoles exultantes que habían venido a guardar sitio a las siete de la mañana para el desembarco, turistas alemanes alucinados con la que se les venía encima, intrépidos reporteros de vocación doméstica dispuestos a exprimir sus tarjetas de memoria, familias que intentaban compensar el aburrimiento de sus pequeños a base de globos de Hora de Aventuras hábilmente suministrados en los aledaños y los acérrimos que vienen a ver a la Legión desde tiempos de Millán Astray con todos los galones puestos. Después de tantos años acostumbrados al Contramaestre Casado, el espléndido Furor causó sensación con sus flamantes hechuras, relucientes bajo el sol que se abría paso, pero el sortilegio fue el mismo, invariable, preciso; aunque, si de pasión patriótica se trata, la jornada elevó el termómetro algunos grados respecto a las últimas convocatorias ya antes incluso de que los soldados pusiesen pie en tierra. Signifique esto lo que signifique.

Los caballeros legionarios proceden al traslado del Cristo de la Buena Muerte. Los caballeros legionarios proceden al traslado del Cristo de la Buena Muerte.

Los caballeros legionarios proceden al traslado del Cristo de la Buena Muerte. / Javier Albiñana (Málaga)

Congregados los autobuses llegados desde los más dispersos puntos de España en las lindes del Paseo del Parque a la espera de que los excursionistas dieran por concluida la exploración, el desembarco de la Legión tuvo, como siempre, mucho de aquelarre popular, de feria de usos y costumbres, de celebración vertida en cierta sacudida de complejos. Mientras un joven pregonaba sus cupones de la ONCE bajo la promesa de que los compradores verían la Legión al año siguiente desde la terraza del Málaga Palacio, un señor calvo y con cara de preferir estar en otra parte vendía fofuchas de caballeros legionarios que eran un primor. El merchandising castrense crece cada año en alcance e imaginación: uno puede venir al desembarco de la legión y salir con un birrete, un fusil de pega, una amplia gama de chapas y broches, todo tipo de postales, insignias y medallas, enseñas nacionales, camisetas y una cabra reglamentaria de peluche. El acontecimiento se extiende como una red vivida a flor de piel: esto de la Legión es emoción pura, sin medias tintas, sin mediación intelectual, ni histórica, ni siquiera política, por más que se empeñen algunos. Hay quien llora, quien tiembla, quien señala los vellos de punta en su brazo, quien grita “¡Viva a España y viva la Legión!” a pleno pulmón y en total libertad, a sus anchas, entre los suyos; quien ilustra a sus hijos sobre lo que va a pasar y el sentido de todo esto, quien aprovecha para tomarse una cerveza con los amigotes a las diez de la mañana, quien tiene la excusa perfecta para sacar de paseo a los abuelos y quien, sin más, se muestra convencido de que está presenciando algo muy importante. Todos, a su manera, tienen razón.

Y a la hora señalada era el Furor una realidad en el Puerto de Málaga, con sus 52 hombres y mujeres a bordo al mando del capitán de corbeta Ángel Morales Trueba. Antes de las 10:30 ya se escuchaban en tierra sus cantos impulsados por la brisa. La predicción del tiempo anunciaba lluvia, pero ni aunque un tifón antillano hubiese variado un ápice el plan de conquista el cielo se abrió, hermoso y azul, para recibir a los legionarios. En cuanto se presintió el son de El novio de la muerte, el respetable arrancó a cantar al unísono con adscripción eucarística, sin matices, por todo lo alto. Los vivas a España y a la Legión se sucedían ahora con menos pudor y más alcance: quedó claro, al menos, que para cantar El novio de la muerte con la legitimidad necesaria hay que ser Legión, venir aquí, sentir cómo el pecho se inflama y la garganta se seca ante una idea de España; faltaba que alguien amenazara con sanciones a cualquier apropiación indebida. Un pequeño con flequillo y pantalones cortos a lo Florido Pensil dejó de aporrear el tambor y preguntó a su padre, tieso como un pasmarote: “Papá, ¿por qué dicen que son el novio de la muerte?”. Y el padre vio la ocasión decisiva para darle a su hijo la lección necesaria, ésa que no habría de olvidar en toda su vida, el lema que adoptaría como escudo de armas, grabado a fuego sobre la piel y la memoria. Se quitó las gafas de sol, puso cara de Pantocrátor capadocio y espetó a su vástago: “Porque son muy valientes”. Al parecer, mami se había quedado comiendo chocolate con churros en Casa Aranda, pero no crean, la Legión no es ni mucho menos cosa de hombres: las mujeres que cantaban El novio de la muerte mientras agitaban sus banderas rojigualdas a la salud de los legionarios también hacían la revolución, fieles, a su manera.

Luego estaban los curiosos, los que se dejaban caer para comprobar in situ la verdad del cuento. El desembarco de la Legión es uno de esos sitios en los que te puedes encontrar a cualquiera, del más pintado al más inesperado. Nada menos que Ángela Molina, por ejemplo, que había salido con indumentaria deportiva para hacer ejercicio aprovechando que lucía el sol, se metía entre el gentío, e invitaba a su acompañante a hacer lo mismo, entre curiosa y divertida, rompiendo las distancias y dispuesta a satisfacer su curiosidad. Para cuando los legionarios habían concluido el desembarco en su totalidad, los miles de incondicionales hacían de Málaga una ciudad inaccesible, en la que no se podía dar un paso, desde la Plaza de la Marina hasta Molina Lario pasando por la Plaza del Obispo, Méndez Núñez, Tejón y Rodríguez, Carretería y así hasta la Plaza de Fray Alonso de Santo Tomás, donde aguardaba la cofradía de Mena para el traslado del Cristo de la Buena Muerte. A la hora de proceder al mismo sí que cayó un chaparrón que obligó a acortar el traslado mientras los caballeros legionarios hacían gala de templanza y oficio, pero para entonces ya estaban todas las cartas boca arriba: a lo largo y ancho del desfile, la Legión, rápida como el rayo, tremenda en su puesta en escena, barbillas al orbe, tensión en carne viva, una explosión en cada paso, recibía la aclamación, el agasajo, la entrega incontestable de grandes y pequeños, llegados de aquí y de allá, en este idioma y en aquel otro. Cuando uno cree conocer cómo funcionan las cosas, la Legión viene a recordar que este otro mundo vive, espléndido, intacto, cargado de futuro. Lo mejor, si no se siente, es intentar no comprender. Por cierto, la llamada de la cofradía de Mena a no convertir el traslado en un acto político en plena campaña surtió sus efectos: estuvieron las autoridades competentes (entre ellas el presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla), pero los protagonistas fueron los que tuvieron que ser. Por si acaso.

Las hermandades tuvieron dificultades para abrirse paso entre las sillas al enfilar el regreso

De cualquier forma, la lluvia mantuvo su empeño en reclamar lo que era suyo: acaso el derecho a tener a todo el mundo pendiente del cielo y con el alma en vilo. A eso de las 16:30 cayó otro chaparrón abultado y las previsiones no se mostraban precisamente optimistas respecto a lo que pudiera pasar antes de las 19:00, pero fueron decididamente peores bastante más allá. La primera decisión unánime fue la de retrasar las salidas de las primeras procesiones convocadas (Cena, Santa Cruz, Viñeros, Vera+Cruz y Zamarrilla) y reordenar los trayectos con tal de ajustar la jornada en la medida de lo posible a las previsiones. Aún así, cuando Santa Cruz salió de San Felipe Neri poco después de las 17:30, cayeron algunas gotas que adelantaban de manera funesta lo que vendría después. La Sagrada Cena fue la primera en incorporarse al recorrido oficial y lo hizo bajo un oscuro manto de nubes que prometía la tarde complicada que hubo que finalmente que afrontar en un Jueves Santo donde las decisiones sobre la marcha fueron urgentes y delicadas. Entre las novedades organizativas y las imposiciones climatológicas, la Semana Santa de Málaga parecía por momentos otra; pero cuando Viñeros puso el pie en Carretería, deslizado su cortejo como si un pie invisible y cósmico tomara impulso desde la Goleta y el entramado que todavía evoca los viejos arrabales entre la vieja muralla y el río, cabía la impresión, tal vez, de que esta teatralización de la Pasión conserva entera su memoria, su identidad frágil e intransferible, en la misma paradójica combinación de decadencia y resistencia que exhalaba al lado Pozos Dulces, con el gentío que ya se movía entre este extremo del Sistema Solar y el entorno de la calle Compañía.

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Hombres de trono del Señor de la Misericordia, desconsolados tras el regreso a la casa hermandad. Hombres de trono del Señor de la Misericordia, desconsolados tras el regreso a la casa hermandad.

Hombres de trono del Señor de la Misericordia, desconsolados tras el regreso a la casa hermandad. / Javier Albiñana (Málaga)

ero, eso sí, no todo estaba dicho: a eso de las las 20:00 cayó un nuevo aguacero que puso a las hermandades que ya estaban en la calle en una situación difícil. Parecía tratarse, como fue, de un contratiempo pasajero, pero suficientemente dañino, como corresponde al mes más cruel. En el Perchel, cuando el Señor de la Misericordia se disponía a alcanzar poco después de su salida la renovada calle Ancha del Carmen, la cofradía tomó la dolorosa decisión de volver a la casa hermandad y dejar las puertas abiertas para la veneración en su interior. A la Santa Cruz le pilló el contratiempo en Martínez, donde los hombres de trono reforzaron el paso para encontrar refugio cuanto antes, mientras la Cena se abría paso en la Alameda. Pasadas las 20:30 volvieron a abrirse los paraguas. No quedó más remedio entonces que abrazar la noche en este sinvivir de caudales intermitentes, de chispeos que se diluían o cobrabran vigor, mientras que los capataces subían el ritmo para que todo fluyese cuanto antes y el perjuicio fuese el menos posible. Fue, sin remedio, un Jueves Santo aciago, deslizado siempre al filo del cuchillo, bajo la terrible intuición de que el esplendor estaba al alcance de la mano, al otro extremo de la nube fatídica que decidió descargar con insolente travesura. La Cena salió del recorrido oficial de vuelta a su casa hermandad, como hicieron Vera+Cruz, Mena y Zamarrilla (no sin ciertas dificultades derivadas de la nueva disposición de sillas y tribunas y de los abonados que se negaron en redondo a levantarse de sus asientos para permitir las maniobras necesarias; en alguna ocasión, tristemente, tuvo que intervenir la policía para abrir paso ante el peligro que corría el patrimonio expuesto), mientras Santa Cruz y Viñeros buscaban refugio en la Catedral antes de la vuelta a sus puntos de partida. Hubo que echar mano de los plásticos para cubrir las tallas. El caos convertía la templanza en quimera, por más que la gente aplaudiera el esfuerzo de los hombres de trono: ahora sí, por una vez no había distinción entre quienes ocupaban tribunas y quienes se apretujaban tras las vallas. No menos difícil fue la decisión de la hermandad de la Esperanza, que optó finalmente por retrasar su salida hasta las 22:00 y recortar igualmente su trayecto. Hubo que contar, en fin, un Jueves Santo de efusión y de desconsuelo. De frío y deseo. Tan parecido a la vida misma.

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