Viernes Santo

Morir para renacer, otra ocasión brindada

  • Las ocho cofradías de la tarde-noche del Viernes Santo brindaron algunas de las imágenes más conmovedoras de la Pasión malagueña. Si el tiempo lo permite, el Resucitado cerrará hoy una Semana Santa inolvidable.

NO hubo milagro para sí mismo. Jesús padeció lo humanamente insoportable porque así tenía que ser, porque debía de morir como un hombre para resucitar al tercer día como el Hijo de Dios, como el Salvador. El viernes derramó su muerte sobre las calles de Málaga y se mostraron algunas de las imágenes más conmovedoras de la Semana Santa. El reguero de luto que dejó un pellizco en los estómagos de los congregados se tornará hoy en fiesta y alegría. Si el tiempo lo permite (hay amenaza de lluvia desde las 12:00) el Santísimo Cristo Resucitado y María Santísima Reina de los Cielos conmemorarán la Pascua de Resurrección, el renacer a la nueva vida. Una nueva oportunidad que se brinda cada año para ser un poco mejores. 

Una peregrinación multicolor bajaba desde la ermita del Monte Calvario siguiendo la procesión de nazarenos y hombres con túnica negra que portaban al Cristo yacente en un pequeño altar de terciopelo negro. La escena tenía mucho regusto de funeral de pueblo, donde aún se lleva el féretro por las calles y los vecinos caminan detrás en señal de respeto. Unos en silencio, pero otros hablando de banalidades, riendo, a pesar de llevar delante la talla del Señor muerto, seguían el vía crucis tradicional de la cofradía que realiza antes de entronizarlo para iniciar su estación de penitencia. 

Mayores y niños quisieron acompañar al Santísimo Cristo de La Paz y la Unidad y Santa María del Monte Calvario, que bajaban por el Compás de la Victoria poco antes de las seis de la tarde. Su trono, que representa a Jesús siendo amortajado en el Santo Sepulcro, lució este año una nueva composición en la que se suprimió la cruz y se estrenó catafalco para el Cristo en una escena llena de fuerza y desconsuelo. La banda de alumnos del Conservatorio de Málaga acompañaron al cuadro escultórico que emprendía camino hacia el Altozano. Tras Él, María Santísima del Monte Calvario en compañía de San Juan, en su trono de plata chiquito, con su manto azul intenso sin bordar. 

Turistas, jóvenes que volvían de la playa con olor a crema protectora y cofrades se dieron cita en el entorno del Hospital Noble, desde donde partía la cofradía del Descendimiento. La cruz guía salió a la hora señalada, las cinco de la tarde, el momento de la muerte del Salvador. En un tinglao esperaba el trono del Sagrado Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima de las Angustias. Los nazarenos con capirotes blancos y túnicas negras precedieron un cortejo aún en silencio. La marcha fúnebre comenzó a sonar al tiempo que los portadores mecían un cuadro de absoluta belleza. Cristo muerto es bajado de la cruz con un lienzo y sus seres queridos lloran el fatal desenlace. La Virgen pide consuelo con sus ojos puestos en el cielo. Las mujeres dejan caer las lágrimas y llevan el santo sudario y los aceites con la intención de amortajar a Jesús según la tradición. 

Sin mecer lo sacaron del recinto. "Es impresionante", decía un malagueño que explicaba a su hijo cómo los toques de campana iban corrigiendo el paso del trono de caoba. La escena compuesta por casi una decena de figuras iniciaba su recorrido con serenidad y recogimiento hacia el Ayuntamiento. La música la ponía la banda Cruz de Humilladero. Minutos después fue el turno de su Madre, con el manto burdeos y el vestido negro bordado en oro. La Dolorosa bajo palio inició su maniobra mecida al son de tambores roncos. Algún portador iba con la cara tapada. "El que tiene la capucha va de promesa, puede ser cualquier cosa, pero algo que te duela, que te cueste", explicaba el padre a su pequeño. Sin mecer, con precisión exacta, sacaron a la Virgen de las Angustias del Hospital Noble para derramar su plegaria sobre el pueblo de Málaga. 

Media hora antes de que la cofradía de Dolores de San Juan hiciera estación de penitencia en la Catedral, el templo mayor de la ciudad acogía el vía crucis del Cristo Mutilado y eran muchos los que escapan de la multitud congregada en la Victoria, la Merced y Alcazabilla a la espera del Sepulcro para recogerse en la Catedral a rezar. La música era una banda sonora prodigiosa que acercaba a los feligreses al momento más amargo de la Pasión, emocionaba, sobrecogía y ponía los vellos de punta. Era, sin duda, un escenario imprescindible que se llenaría aún más de fe con la aparición del Santísimo Cristo de la Redención y Nuestra Señora de los Dolores, que habían salido de la iglesia de San Juan tres horas antes. 

Pegaron en la puerta, rogaron recogimiento e iniciaron la estación de penitencia. "Hoy la Iglesia entera se postra ante la cruz a la espera de la redención", decían desde la cofradía cuando la cruz guía y los primeros capirotes negros ya recorrían el templo. Se escucharon las campanas del trono, el Cristo estaba ya en el Patio de los Naranjos. "Despacio, seguimos de frente, sin mecer", decía el capataz y el Crucificado en su espectacular a la vez que sobrio trono hizo su entrada. Los portadores ya acusaban el cansancio, no había sido fácil el acceso al templo. Las cruces siguieron al Señor. El silencio era absoluto salvo el llanto de algún bebé y en la parte más lejana al altar mayor tan sólo resplandecían los cirios que acompañaban al Jesús muerto en la cruz. Fuera se escuchaba ya la llegada de la Virgen de los Dolores. 

Llegaban ecos de una saeta, un tanto impropios en comparación al silencio sepulcral del interior de la Catedral. La Dolorosa con el manto de luto y su altar de plata entró sobre el rostro cansado de sus portadores. Avanzando, despacio, buscando la derecha fueron haciendo el camino los esforzados hombres. Cuando Ella iniciaba su recorrido, salía la cabeza de la procesión. Dolores de San Juan había vuelto a brindar una estampa para el recuerdo. 

Después del paso de Monte Calvario por la Alameda Principal se abrió un pequeño hueco antes de que la Soledad de San Pablo hiciese su entrada en el recorrido oficial. Desde la Trinidad llegaba esta hermandad fundada en 1918 que procesiona el Santo Traslado y Nuestra Señora de la Soledad. La banda de cornetas y tambores de Bomberos acompañaba a la cruz guía. Centuriones romanos marchaban también en la cabeza de la procesión junto a nazarenos negros con capirotes de terciopelo burdeos. 

Por el lateral norte llegó otra de las magníficas escenas repletas de plasticidad que recorren cada año la ciudad en esta velada solemne. Después de que fuese bajado de la cruz, el cuerpo de Jesús es conducido al sepulcro. Tres hombres y las tres Marías acompañan la figura del Cristo fallecido. La banda de cornetas y tambores del Cautivo acompañó al primero de los tronos y Trinidad Sinfónica a la Virgen pequeña, arrodillada, con los brazos abiertos, en actitud suplicante y alzando la vista a Dios para entonar su plegaria. En su trono de plata adornado con flores rosas lucía la cruz ya vacía, colocada a la espalda de la Madre que camina con el pecho agujereado por la soledad. 

Media hora antes de la hora prevista para el comienzo de la procesión, la calle Fernando El Católico se encontraba ya repleta de público. La cruz guía abrió el desfile junto a la banda de cornetas y tambores de la Victoria, y poco después, tras los primeros toques de campana que brindó el pintor Eugenio Chicano, salió el Cristo del Amor, con el acompañamiento musical de la Unión Maestro Eloy García, que interpretó la marcha Cristo del Amor. Especialmente hermosa resultó la salida de la Virgen de la Caridad, con la interpretación del himno nacional y el Ubi caritas a cargo de la banda de música de la Expiración. Desde un balcón cayó una lluvia de pétalos en el trono de la Dolorosa. A la llegada del Cristo al Compás de la Victoria prácticamente no cabía más gente en las aceras, ni en el Jardín de los Monos. La procesión fue saludada, como es tradición, por diversos miembros de la Comunidad Marista a su paso frente al colegio de la misma, en la calle Victoria. 

El desfile continuó bajo un sol implacable que amenazaba con causar algunos problemas en los cirios de los nazarenos y el trono hasta la Plaza de la Merced, y desde allí hasta Álamos, Carretería y la Tribuna de los Pobres, que a las 22:00 se encontraba atestada, y donde la procesión regaló algunos de sus mejores momentos. Tras el tránsito por el recorrido oficial, el Cristo del Amor y la Virgen de la Caridad regresaron a la Victoria por la Cruz Verde y Cristo de la Epidemia. 

Con la sobriedad de su puesta en escena, el conjunto escultórico de La Piedad salió a la calle Alderete con el grupo de tambores sordos que abría el desfile y la banda de Zamarrilla tras el único trono de la procesión. La imagen de Palma Burgos recibió la ovación del barrio del Molinillo en su plenitud y, apenas transcurridos unos instantes, la lectura de un poema dedicado al trance de la Dolorosa y la emocionante interpretación de una saeta añadieron notables dosis de corazón al momento. Entre los estrenos de este año, la cofradía contó uno muy especial: ocho nazarenos llevaban túnicas basadas en las originales de la cofradía, realizadas en raso blanco con capirote de terciopelo negro, a partir de los documentos descriptivos de la salida procesional de 1929. De estos ocho nazarenos, seis llevaban además varas originales de aquellos tiempos que han sido restauradas para la ocasión y rematadas con el antiguo escudo de la hermandad. 

Como es habitual, el paso de la Piedad por Cruz del Molinillo, Ollerías, Carretería y Tribuna de los Pobres regaló algunas de las mejores estampas del Viernes Santo, así como a su regreso. 

La procesión del Santo Sepulcro estuvo repleta de emociones desde bastante antes de la salida. La cofradía instaló el pasado mes de enero su sede canónica en el antiguo convento del Císter, donde el Señor es venerado actualmente, y aunque el desfile comenzó en la casa hermandad de Alcazabilla se respiraban aires nuevos. A la hora prevista, el entorno del Teatro Romano se encontraba abarrotado mientras un silencio respetuoso se extendía tras el primer toque de campana. El cortejo fúnebre echó a andar, con el acompañamiento musical de la Banda Municipal de Málaga tras el Cristo y la banda de la Esperanza tras la Virgen de la Soledad, así como con buena parte de la corporación municipal, tal y como corresponde a la cofradía oficial de la ciudad. La procesión culminó un recorrido histórico, para el recuerdo, de bellísimos y conmovedores instantes. Como los regalados en una Tribuna de los Pobres gobernada por el silencio y en la llegada a la Plaza de la Constitución ya de madrugada. 

La procesión de la Venerable Orden Tercera de Siervos de María cerró el programa procesional del Viernes Santo, con su salida en San Felipe Neri, su estricta puesta en escena con dos tambores sordos y el alumbrado público apagado a su paso, en una inequívoca llamada a la oración y al duelo. Especialmente conmovedores fueron los instantes en que la Dolorosa pasó por Arco de la Cabeza, Pozos Dulces, Fajardo y Especería, camino a calle Nueva y Puerta del Mar.

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