Miércoles Santo

Razones del tiempo detenido

  • La ocupación masiva confiere a la calle San Juan un hálito aún mayor de resistencia al paso de Fusionadas, mientras la Paloma desata sensaciones contradictorias en la Tribuna de los Pobres y El Perchel sueña con el luto.

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EN su recorrido sinuoso y confuso, articulado con cierta lógica cubista, la calle San Juan se extiende como un animal varado en el tiempo. Basta cruzar la plaza de Félix Sáenz y el caminante se interna en la promesa de otra ciudad, hecha de recodos invisibles, esquinas inesperadas y refugios propios de arquitecturas monacales. No hace demasiados años, la calle San Juan era la preferida por no pocos pillos y malhechores, que aprovechaban la confluencia de portales y curvas para ocultarse y asaltar así con impunidad a los despistados transeúntes que se internaran en sus dominios. La proximidad de la calle Camas, paraíso del lumpen más brechtiano hasta su reciente reforma, resultaba estratégica para la ocultación de los botines; y mucho antes, ya en los amaneceres barrocos de la urbe recién reconquistada, asumió la vía como impuesto por la cristiandad el aire de decadencia que todavía le atañe; bastaron las epidemias y las fachadas encaladas, incluida la de la iglesia, para sumir el tramo en una invisibilidad rebosante de indiferencia. La calle Cinco Bolas, que se pierde en oscura estrechez hasta la calle Nueva, es tal vez el mejor testimonio de esta resolución. Hoy, claro, la calle San Juan es otra cosa, y la iglesia que le da nombre luce sus colores dieciochescos: pero su disposición sigue siendo la misma, evocadora de toda aquella podredumbre que se conducía hasta el río. Y resulta paradójico el modo en que, al encontrarla atestada, sin un hueco libre entre todas las cabezas que esperan cada Miércoles Santo la salida de Fusionadas, esa sensación de tiempo detenido multiplica sus razones. El edificio de la herboristería Serrano, en la esquina con Calderón de la Barca, en cuyas ventanas lucen unos geranios rojos en espera y homenaje del Cristo de la Exaltación, relata en sus estrías los estragos del paso de los años; pero, a su vez, éstos parecen conservarlo en una región intacta, una permanencia que promueve tanto su deterioro como su resistencia; y sí, toda la ciudad que lucha no sólo por aparentar sino por ser, resiste aquí al olvido.

Media hora antes de que empiece la procesión, ya no cabe un alma: los cuerpos se aprietan, se empujan, se faltan al respeto. Una mujer intenta abrirse paso con dos cucuruchos de helado, peligrosamente colindantes con cientos de blusas y camisas. Dos parejas de turistas alemanes buscan hueco con un despiste monumental. Una madre y una hija conversan indignadísimas sobre cierta encuesta televisiva en la que los interesados podían votar a las mejores ciudades de España para visitar en Semana Santa, y en la que, según decían, se castigó injustamente a Málaga; mientras, un nutrido grupo de nazarenos y hombres de trono se toman los últimos guarapos en el Framil, a la espera de la llamada que habrá de convocarlos a filas. Se oye entonces un tronar voluminoso: la Brigada de Paracaidistas comparece rauda para rendir los honores obligados al Cristo de Ánimas de Ciegos, fusiles al hombro, serruchos en la espalda. Faltan todavía unos minutos para que empiece el desfile, así que la agrupación guarda una prudente distancia; pero poco después llega la banda de Santa María la Blanca de Los Palacios, destinada a acompañar al Señor de Azotes y Columna, y la marabunta que se agolpa junto a la puerta de la que habrán de salir los tronos tiene que desplegarse para dejar espacio sin remedio. Los últimos rastros de urbanidad se esfuma ipso facto: los padres empujan para ganar sitio a los llorones de sus hijos, una pandilla de señoras de fracción pía se queda clavada en el suelo como si la cosa no fuera con ellas, jovencitas de camisetas de Justin Bieber casi se arrojan como si se tratase de un concierto del ídolo y todavía hay quien pretende, allí metido, vender un billete de lotería. Entonces, se abren las puertas del templo y comienza el desfile. Y resulta admirable el modo, casi espontáneo, en que todo el caos propio de la mercadería que el mismo Jesús de Nazaret despidió de su casa se convierte en un pulcro orden geométrico. Los cuatro tronos, que ya han sido ampliamente venerados en el interior de la iglesia, distribuyen a su salida todo lo concerniente al tiempo y al espacio, sostenido el río en un gesto. La relatividad es aquí norma: en la calle San Juan, Dios no juega a los dados. Se suceden las pasiones, los llantos, las salves, el rigor militar y la derrota de la razón. Lo que aún es una tarde plena de luz se prolonga a partir de entonces, lentamente, hacia una noche fúnebre.

Antes, Salesianos se había revelado en Capuchinos con su humildad serena, sin jaleos ni apreturas, en una armónica conjunción de quietud espiritual. La jornada prosiguió con la espectacular llegada de la Virgen de la Paloma a Carretería desde la Plaza de San Francisco, un verdadero milagro de equilibrios, presiones y medidas, con toda la presencia protocolaria del Ayuntamiento de Madrid y la simbólica suelta de aves. Pero donde más emociones dejó regadas a su paso la Dolorosa fue en la Tribuna de los Pobres, bajo los primeros mimbres de la luna, dejados ya atrás los sillones y los sofás caseros bajados a la acera en Carretería. Ojos infantiles, ancianos, nostálgicos, enamorados, religiosos y descreídos caían rendidos ante el hechizo. Más adelante, el Pasillo de Santa Isabel adquiría los tonos más poderosos de su Semana Santa: vendedores de buñuelos y gofres competían por los bordillos con familias al completo, abuelos de gorra de pana y bastón ufano buscaban un punto de apoyo como Arquímedes, un gitano arrastraba su cubo lleno de latas de cerveza como si le fuese la vida en ello, adolescentes de sangre alborotada se manoseaban entre el gentío como si se encontrasen solos a diez mil kilómetros de cualquier sitio, mujeres dolientes lloraban con sus rosarios en ristre, maridos abnegados ponían lo mejor de sí para inmortalizar en sus cámaras de vídeo a Jesús de la Puente del Cedrón, un tipo vestido con una oronda camiseta del Málaga se reía de la fealdad del sayón Verruguita y al instante se santiguaba conquistado por una fe invasora, canis de tres al cuarto actuaban como si fuesen los dueños del cotarro y llenaban la acera de montañas de cáscaras de pipas, una cincuentona de tristeza compungida (Rafael de León habría cantado su malquerer en una copla inmortal) fumaba a destajo junto al Puente de los Alemanes mientras a su lado un chaval de no más de diez años devoraba un perrito caliente mientras propinaba patadas a una lata aplastada. Un rato después, los auriculares asaltaron los oídos: faltaban pocos minutos para el partido del Madrid y el Barcelona (y aún un poco más tarde, un coro cantaba gol en la calle Larios justo cuando el Cristo de Ánimas de Ciegos continuaba su tránsito a escasos metros; tanto querían los entusiastas hacer partícipe al mesías agonizante de la gesta: he aquí, al cabo, el mejor ejemplo de la síntesis de idolatría y superstición que es la Semana Santa de Málaga). El mundo entero quedó así sostenido al abrigo de María Santísima de la Paloma, tan entregado como absorto. Una mujer joven y solitaria tocada con un hiyab observaba a la Virgen desde la esquina con Especerías, con un gesto en su bello rostro no exento de conflicto, entre la admiración y el recelo, a medio camino entre las ganas de sentirse parte y de no sentirse en absoluto. Qué contradicciones no despertará semejante exhibición de identidad entre quienes luchan cada día por dejar claro que son tan de aquí como el resto.

El Rico procesionó con la Virgen del Amor condecorada por el Ministerio del Interior a cuenta de su mérito policial (todo un regalo para los melancólicos garantes del tardofranquismo) y liberó al preso, como es tradición, en la Plaza del Obispo, que parecía ejercer antagónicas funciones de cadalso. La Sangre reinó en Dos Aceras, y la Expiración enlutó El Perchel. Dios ha muerto. Viva Málaga.

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