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Entre bambalinas

La vida de un Lunes Santo

  • La Semana Santa tiene esos ritos que cada año se repiten y, a la vez, se perfilan

Jesús de la Columna, a su paso por calle Mariblanca Jesús de la Columna, a su paso por calle Mariblanca

Jesús de la Columna, a su paso por calle Mariblanca / J. L. P.

Miguel Díaz batalla hoy entre pocos recursos para intentar salvar vidas en unas urgencias. Lo normal en su Semana Santa sería estar hoy en calle Frailes temprano, vestido de túnica nazarena tras compartir con su madre los últimos minutos en casa. Es de esos penitentes a los que descubres por los ojos y sabes que es él quien te mira. Aunque no pueda participar hoy de la procesión de Gitanos –o de la Columna-, probablemente hoy eche en falta todo aquello que rodea a un cortejo.

La Semana Santa tiene esos ritos que cada año se repiten y, a la vez, se perfilan. Hay quienes sucumbieron a la moda de la “punta en blanco” el Domingo de Ramos. Personas que reservan meses antes en un restaurante del centro histórico para un día concreto. Esa tradición familiar que lleva al reencuentro entre primos en la casa de la abuela, que ya tiene las torrijas preparadas y eso que el campero de anoche no sentó tan bien como se esperaba (que, en el fondo, también es tradición en Semana Santa). Esa esquina irrepetible donde ver a Pasión antes de perderse en el centro, o buscar el ángulo perfecto para que el Cautivo, con la luz de la tarde, que antes era de la noche, parezca que camina sobre la marea humana del Puente de la Aurora.

Son pequeños detalles que hacen sentir a una persona más especial por unos instantes. Un ritual que se vincula ya a las imágenes y que traen incluso sensaciones, como las gélidas noches esperando a Dolores del Puente entre las ruinas del Perchel, cuyo frío se siente incluso sin estar en la época propia para tenerlo. Al final son las mismas necesidades que hoy se tienen cuando, aunque uno quiera, no puede subir a las lomas de la Cruz Verde y esperar a que Crucifixión se adentre en calle Los Negros.

Son cuestiones personales, para unos; las cosas de Dios, para otros. En este caso complementa a la fe cristiana: ni la rechaza ni la suple. Es el beso de una madre antes de salir. Es ese “nazareno, ¿me echas cera?” de una niña sonriente. Es la mano anónima que te extiende una estampa. Son las cervezas entre ver un trono y otro. La espera en una acera a que pase todo el cortejo porque apetece pararse en la vorágine procesionista. Mirar a lo alto de la tribuna y buscar, aunque ya sepas que no lo vas a encontrar, a Guadamuro detrás de un micrófono. Es la esencia que tiene todo esto y que, aun en el confinamiento, no fallan, por mucha que sea la distancia que nos separa de nuestros seres queridos. Esa vida detenida que otros se empeñan en seguir salvando, para que no falten esos detalles, entre las UCIs de Andalucía.

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