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El coronavirus en el mundo

Boris Johnson claudica ante el monstruo que Bill Gates vio venir

  • Los dirigentes más reacios a aplicar graves medidas de excepción, como el primer ministro británico, contagiado, ya las asumen

  • El fundador de Microsoft y Astérix (literalmente) ya dieron la alerta años atrás

El premier Boris Johnson, con su mascota Dilyn. El premier Boris Johnson, con su mascota Dilyn.

El premier Boris Johnson, con su mascota Dilyn. / efe

Un liberal de los pies a la cabeza como Boris johnson ha tenido que claudicar y decretar el cierre del Reino Unido salvo para actividades básicas como comprar comida, ir a trabajar (el que tenga la suerte de poder hacerlo y la incierta desgracia de exponerse al no poder recurrir al teletrabajo), o ir al médico (malos tiempos para ponerte enfermo, la pandemia monopoliza las atenciones en los hospitales y hay desabastabecimiento de algunos medicamentos).

Los británicos pueden salir a pasear y a hacer ejercicio una hora al día y los parques siguen abiertos. Con su marchamo liberal por bandera, su primer ministro, que siempre intenta emular a su admirado Winston Churchill, siente como una puñalada trapera cualquier restricción a las libertades individuales, una cortapisa que también le ha alcanzado de lleno y de veras este viernes al dar positivo por coronavirus.

Johnson, enfrascado en poner tierra de por medio con Europa, en ese Brexit que suena a cuento chino en momentos como éste de ser todos (blancos y negros, rojos y azules, ingleses y birmanos) uno, ni en sus peores pesadillas se había podido imaginar que en marzo, tres meses después de haber ganado las elecciones con mayoría absoluta en pleno pandemonium sobre el dilema del ser o no ser de la Unión Europea, tendría que dirigirse una mala noche al país para anunciar las restricciones al movimiento de los ciudadanos más grandes en la historia de la nación.

Discurso 'churchilliano'

Las comparaciones con la guerra están a la orden del día, pero ni siquiera durante el blitz alemán se cerraron las fábricas, las escuelas o el transporte público. "El camino va a ser duro, y perderemos a seres queridos, pero todos juntos derrotaremos al virus”, afirmó Johnson, en un tono apocalíptico de aires churchilianos en una alocución al país en la que arengó con que era el momento de “llamar a filas a todos los británicos”. Ya se había doblegado por entonces a las circunstancias e imperativos de la pandemia y dejaba de mostrarse  renuente y desdeñoso a tomar las medidas que ya se estaban tomando en países como Italia o España.

Aunque el Reino Unido va dos o tres semanas por detrás de España en la curva de contagio, los hospitales del NHS (Seguridad Social) están ya casi al límite de su capacidad y el coronavirus ha desenterrado la brecha generacional que asomó en el Reino Unido con el Brexit: la salida de la UE es acogida entre los jóvenes con un escepticismo inversamente proporcional al de los más longevos, que la reciben con júbilo.

Y aunque la mayoría de los jóvenes británicos son tan responsables como los españoles (o los de Honolulú), una proporción nada desdeñable se ha tomado hasta ahora la emergencia bastante a la ligera, según cronistas destacados en Reino Unido. En Thanet, como en cualquier lado, cuenta uno, hay de todo: unos gamberros se dedicaron la noche del domingo a pinchar los neumáticos de las ambulancias.

En el retrovisor, ante el avance implacable del coronavirus, han quedado la estrategia inicial de Johnson de permitir que se infectara un 60% de la población para generar inmunidad de grupo, o sus medias tintas... Un editorial del diario conservador The Times le exhortaba antes de su cura de humildad a ponerse las pilas y desarrollar un plan coherente, “porque si no se arriesga a pasar a la historia no como Churchill sino como (Neville) Chamberlain”, el político conservador que cedió el testigo al primero y que ha pasado a la historia como un pazguato por su actitud contemplativa ante la Alemania nazi.

Linces de órdago

Y en el retrovisor también hay constancia de que alguien vio venir al monstruo, de que nadie pareció hacerle demasiado caso, y de que llevaba toda la razón. No es un don nadie, sino un tal Bill Gates.  El fundador de Microsoft alertó cinco años atrás desde Vancouver (Canadá) del riesgo de una catástrofe global en el contexto de la epidemia de ébola que, entre 2014 y 2016, cobró unas 10.000 vidas en el África occidental.

Gates esbozó visionario una pandemia causada por un virus altamente infeccioso que se propagaría rápidamente por todo el mundo y contra el cual no estaríamos listos para luchar. Una amenaza “no de misiles, sino de microbios”.

Pero no hay que ser un genio para ser un lince. Más preciso si  cabe que Gates han sido Astérix y Obelix... en un cómic publicado hace tres años (Astérix en Italia) aparecía un personaje con el mismo nombre que el Covid-19. ¡Coronavirus, coronavirus, coronavirus!, así, literalmente, gritaba el público en la Gran Carrera Transitálica...

La realidad siempre supera a la ficción y las fronteras entre países y entre hombres pierden todo sentido ante desgracias colectivas en las que todos debemos ser uno, sin aduanas, prohombres como Boris Johnson incluidos. Gates vio venir al monstruo con años de antelación, al primer ministro británico le ha costado, ni lo vio incluso cuando ya lo tenía encima.  Visionarios y ciegos, modestos y cretinos, esa incombustible escisión...

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