Historia taurina

Rosa y oro, la lluvia, la gloria y el triunfo

  • Ese año de 1998 se anuncia un festejo de relumbrón a pesar del duro estío en Madrid y la ciudad califal de Córdoba está representada por un torero llamado José Luis Moreno

Traje que lució Moreno aquella tarde en Madrid. Traje que lució Moreno aquella tarde en Madrid.

Traje que lució Moreno aquella tarde en Madrid. / El Día

La villa y corte está calma en verano. La diáspora hacia la costa es la costumbre en nuestro tiempo. Serán las cosas de la globalización. Los madrileños huyen de la urbe cuando el verano, en lo más alto de la canícula, no da tregua con sus altas temperaturas. Aun así, las viejas tradiciones se conservan a pesar de todo. Agosto es el mes de las verbenas en Madrid. Comienzan con san Cayetano y terminan, el día de la Virgen, con la Paloma. Aún quedan guapas chulapas por las calles del castizo barrio de La Latina. En la calle de Toledo y la plaza de la Cebada se vive un ambiente festivo. Los bomberos ya han bajado el cuadro de la Virgen. La ofrenda y la procesión serán un año más santo y seña de la Madrid más castiza.

Las fiestas populares van aparejadas a la tauromaquia. Ya se dice en el ambiente taurino: “Quien no torea el 15 de agosto, mal torero es”. Las Ventas, primera plaza del mundo, abre sus puertas de manera tradicional. La temporada taurina está en todo su cenit. Es una fecha señalada en el calendario taurino y en la capital del Reino. Ese año de 1998 se anuncia un festejo de relumbrón a pesar del duro estío. En los carteles, la ciudad califal de Córdoba está doblemente representada.

El caballero rejoneador Leonardo Hernández, emulando a su paisano Cañero, lidiará un toro en puntas de Flores Tassara. A pie, una firme promesa buscará la gloria y el triunfo. Es una fecha crucial para un novel José Luis Moreno, que hace su segundo paseíllo en Madrid, tras la confirmación de su alternativa la primavera pasada. El torero está ilusionado, aunque la responsabilidad también pesa. Es la primera plaza del mundo y una fecha señalada. Mentalizado y seguro de sus posibilidades.

El toreo que lleva dentro no pasa nunca de moda. El clasicismo y la pureza no tienen fecha de caducidad. La tauromaquia de José Luis Moreno es fresca como el agua que brota de los manantiales de la sierra. Transparente, cristalina, pura, sin aditivos. Sin trampa ni cartón. Es el toreo eterno. Ese que llega a todo el que esté dotado de la más mínima sensibilidad. Aun sin ser un erudito del arte de Cúchares, el toreo del cordobés llega a lo más profundo del alma.

En una habitación del hotel Victoria, José Luis Moreno vela sus armas. Manolo Fuentes, su mozo de espadas, ha hecho la silla. El mueble se ha convertido poco a poco en un dosel, donde el traje de torear luce con una majestad que llena la estancia. Para la ocasión se ha escogido un rosa y oro. Ha salido de la sastrería de Fermín y es una obra de arte. Ante él, su propietario espera, rodeado de sueños y anhelos, la hora señalada para vestirlo.

Ha llegado la hora. Poco a poco el matador va vistiendo una a una las prendas que conforman el terno. El tiempo pasa rápido y, sin darse cuenta, ya está en el oscuro túnel de la puerta de cuadrillas del coso venteño. El reloj marca la hora. El presidente asoma el blanco pañuelo a la balconada del palco. El paseíllo se inicia. Junto al torero de Córdoba, un reaparecido José Antonio Campuzano, y otro José Antonio, más joven desde luego, llamado Canales Rivera, que viene a continuar una dinastía torera arraigada por tierras gaditanas de Barbate.

José Luis Moreno se ha estrellado con su primer toro. Un animal parado e inerte. No obstante, el torero de Dos Torres ha cumplido. Buenos muletazos sin ligazón, pero con unidad, debido a las pobres condiciones del toro. La tarde pasa fugaz. Detalles, solo detalles. Salta el sexto de la tarde. Leonardo Hernández actuó en cuarto lugar. Atiende por Borrasquito –¿premonitorio de lo ocurrió durante su lidia?–, lleva el número 68 en el costillar y es producto de una cruza que se ha practicado en la ganadería de Los Eulogios al padrear las viejas vacas de Guardiola Soto con un semental de Luis Algarra.

Aquel refresco en la sangre primigenia de la ganadería parece ha funcionado con este toro, pues acude franco y alegre al caballo. Moreno toma muleta y espada. Es la hora de la verdad. Es el último cartucho de una tarde en una temporada vital para su carrera. El toro es franco y José Luis no desaprovecha el momento. El toreo de siempre fluye de su muleta. Poco a poco va consiguiendo cuajar un trasteo pleno, rotundo y bello. Comienza a llover. Las primeras gotas apenas alteran a los espectadores. Una tormenta de verano dicen algunos.

El temporal se desata. La lluvia se hace presente con violencia. José Luis Moreno continúa, a pesar de los elementos, declamando el toreo. La faena está hecha a pesar de todo. La espada, la que tanto le privó en su carrera, cae en todo lo alto. Borrasquito cae a los pies de su matador. Las dos orejas son solicitadas por el público y concedidas por la presidencia. El torero cruzará el umbral de la gloria y verá la calle de Alcalá desde los hombros de los capitalistas que lo llevan por la Puerta Grande.

El rosa y oro, mojado y manchado, queda de nuevo sin vida. Ya llegará la hora de volverlo a vestir. Su tacto, su color y su bordado han quedado marcados en la retina de su dueño. Con él continua su primera temporada hacía el éxito. Barcelona y Jaén fueron testigos de su brillo y de un toreo puro y transparente, que solo está al alcance de los elegidos. José Luis Moreno es uno de ellos.

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