Toros

El banderillero Mariano de la Viña sufre una grave cornada en Zaragoza

  • El toro le prendió por el pecho, zarandeándolo violentamente. En el suelo le dio una cornada a la altura de la zona lumbar.

Momento de la cogida de Mariano de la Viña Momento de la cogida de Mariano de la Viña

Momento de la cogida de Mariano de la Viña / EFE

La espeluznante y gravísima cornada sufrida por el banderillero Mariano de la Viña, que entró en la enfermería con parada cardiaca, a punto estuvo de teñir de luto el final de una feria del Pilar de masiva asistencia de público.

En una corrida hasta entonces deslucida por el mal juego de los toros de Montalvo, y cuando todo parecía indicar que el abono taurino acabaría sin gloria pero sin sobresaltos, Enrique Ponce mandó a su banderillero Mariano de la Viña parar al cuarto de la tarde, que tras su salida al ruedo se había emplazado sin llegar a tablas. El subalterno logró darle el primer capotazo pero no el segundo, pues el de Montalvo, apretando hacia chiqueros se cruzó con el torero y le prendió secamente por el pecho al tiempo que le lanzaba contra la arena. Y a partir de ahí, con creciente saña, comenzó a zarandearle con secos hachazos, hasta que, ya cerca de las tablas del tendido uno, en el mismo lugar donde Juan José Padilla fue corneado en la cara, le metió el pitón claramente en el triángulo de scarpa. Cuando cayó al suelo y pudieron, por fin, hacerle el quite, sus compañeros le levantaron, desmadejado, en unos momentos angustiosos que bastaron para que De la Viña dejara un amplio reguero de sangre sobre la arena, como síntoma de la tremenda gravedad del percance. Una mancha tan alarmante que Perera se encargó de tapar con el rastrillo de un arenero cuando aún el toro merodeaba por la zona.

Según las noticias que iban llegando, mientras seguía desarrollándose la lidia, el banderillero entró con parada cardiaca a la enfermería, donde tuvo que se reanimado hasta en tres ocasiones, mientras llegaban bolsas de sangre suficientes para compensar una fortísima hemorragia y poder estabilizar el riego antes de la definitiva intervención a manos del doctor Val Carreres, considerado el santo de los toreros.

Pero De la Viña no fue el único herido, pues el propio Perera resultó desarmado durante el tercio de varas del sexto toro que, al hacerle hilo, le acabó propinando un puntazo en la parte trasera del muslo derecho. Más allá de los percances, el resto de la corrida no tuvo demasiada historia, marcado todo por el descastado juego de los toros de Montalvo, que llevaron la decepción a los abarrotados tendidos zaragozanos. Ponce, El Juli y Perera derrocharon voluntad.

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