Berta Marsé, escritora

"No hace falta publicar para escribir o sentirte escritor"

  • Berta Marsé (Barcelona, 1969) es la hija de Juan Marsé. Pero esto, que pudiera decir mucho a muchos, en realidad dice muy poco. Prácticamente nada. Hay numerosos hijos, hermanos, primos o cuñados de grandes escritores que no tienen ningún otro parentesco con la literatura. Berta Marsé, en cambio, ha firmado ya dos notables libros de relatos, el segundo de los cuales, Fantasías animadas (Anagrama), acaba de empezar su andadura por las librerías. Hemos tenido oportunidad de hablar con ella a propósito de este último ramillete de fantasías, confesables unas, inconfesables otras.

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–¿De qué naturaleza son sus fantasías? Si pueden contarse, claro.

–Al margen de la literatura, mis fantasías son de naturaleza muy variada. De las fantasías más abundantes y recurrentes no vale la pena hablar, porque son del montón, y las más escasas, delicadas y valiosas no pueden contarse. Lo siento.

–En sus relatos se entremezclan la “animación” y la “animosidad”, ¿de dónde vienen una y otra?

–Del mismo sitio, pues son dos estados de “ánimo”. Podemos pasar por ambos varias veces al día, sentirnos de pronto predispuestos a animarnos o a animar, o todo lo contrario, y con los ánimos en contra. Nos puede pasar incluso por una misma causa.

–Se le nota cierto regusto por el esperpento, ¿Valle- Inclán o Azcona?

–Azcona. Valle-Inclán me queda muy lejos.

–De hecho, la importancia del cine en su narrativa es incuestionable.  En El bebé de Rosa se atreve a hacer un remake de La semilla del diablo (Rosemary’s Baby) sin intenciones paródicas, como una versión a la española de una misma historia. ¿Qué había en la novela de Ira Levin que le atrajese tanto?

–Una cabecita lista y deseosa de ir un poco más allá en esto de interpretar algunas señales.

–En Los Pons Pons la metáfora deviene real y, para atacar cierta forma de tele-basura, nos presenta a una guionista literalmente enterrada en inmundicia para escribir sus historias. No se anda con rodeos, no.

–Pues no sabes la cantidad de rodeos que he debido dar para que parezca que me ando sin… Así que gracias, me lo voy a tomar como un piropo, lo sea o no.

–En Los viejos amigos, por el contrario, las cuatro protagonistas nadan (se ahogan, más bien) en un océano de hipocresía, abrumador y abrumadora, ¿tan malos somos?

–Yo creo que las protagonistas de este relato ni siquiera son malas. Creo que son algo hipócritas, bocazas, envidiosas, ambiciosas… Pero no en el sentido económico, sino en general, en lo que creen que tiene que depararles la vida. También creo que son expresivas y generosas en su expresividad. Creo que son como la mayoría de nosotros. Ser mala o malo debe de ser algo muchísimo peor.

–Usted se muestra hipercrítica con el “universo femenino”. Las niñitas protagonistas de Cocinitas, a pesar de su “tierna” edad, tienen ya una mala leche de no te menees. Las feministas la van a poner en todas sus listas negras...

–¿Tú crees? Me preocupa que digas esto. No, las niñas del relato Cocinitas, como las amigas de Los viejos amigos, no son malas. Sienten una envidia pura del regalo de la vecinita, y lo desean mucho, y cuando por fin tienen la oportunidad de ponerle las manos encima no la desaprovechan, le sacan el máximo partido, el máximo disfrute. De lo más comprensible, ¿no? Así que no son malas, son niñas normales y comunes. Y la otra ya se defiende bien, ya…

–Una de política: ¿El Estatut de Cataluña viene a poner orden, o todo lo contrario, a este patio de vecinos que es la sociedad española? ¿Cómo ve usted, hija de un catalán y una extremeña, la cuestión nacionalista?

–Es que ni siquiera la veo, no significa nada para mí, no es tema de conversación en casa. La cuestión nacionalista nos aburre mucho.

–¿Y por qué ese aburrimiento?

–En realidad, no sé bien qué decir. Quizá nos aburre porque no nos conduce a nada o, por lo menos, a nada bueno. El caso es que no nos parece interesante y apenas lo hablamos.

–Y ya para acabar, ¿fue siempre un sueño suyo ser escritora?

–No. Yo era escritora mucho antes de publicar, quiero decir que no hace falta publicar para escribir o sentirte escritor. No soñaba con ser escritora, lo era y ya está. Soñaba con hacer programas tipo El hombre y la tierra de Félix Rodríguez de la Fuente, con bañarme con delfines, acariciar tigres, cosas así…

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