Distopía o lucha de clases

  • 'Elysium', la nueva película del realizador sudafricano Neill Blomkamp, director de 'Distrito 9', llegará a las salas españolas el próximo 16 de agosto

El tiempo y el talento han sido los aliados de Neill Blomkamp, no cabe la menor duda. En menos de 10 años ha encarrilado una carrera a medio camino entre el mundo de la publicidad y el cine que resulta admirable. En 2009, codo con codo con Peter Jackson, revolucionó a la crítica internacional con su primera película: Distrito 9.

Con una facilidad dialéctica, Distrito 9 fallaba, no en su discurso, sino a través de las maneras. Su parlamento radica en un cinismo alarmante, inevitablemente despertado por: uno, la huella reciente de la crueldad (in)humana del Apartheid, y dos, la del oriente invadido y militarizado por la hegemonía occidental. Blomkamp, sin embargo, no cree ni en los convencionalismos morales, ni en la evolución del ideal social, y por ello se dedica a promover, indirectamente, este reiterativo aviso sobre el racismo como una crítica. Ha afirmado en más de una ocasión que esta ambiciosa opera prima no iba con segundas. Es tremendamente complicado darle siquiera el beneficio de la duda con algo como Distrito 9 entre las manos, cuando casi todo el abanico de aplausos que le han caido han sido por su mensaje social. Ahora bien, lo que realmente hace, es funcionar como una parodia de la invasión y posterior Guerra de Irak, y de los argumentos que evitan cualquier acto relacionado con la inmigración ilegal. Su necesidad de resultar moralista puede que sea lo que hace de esta cinta un engaño. Lo hace con descaro, y ello conlleva a que la moraleja del cuento se extraiga a manotazo limpio, por lo que, ante todo Distrito 9 no solo no es profunda, sino que es demasiado superficial. Blomkamp no resuelve ninguna duda; deja incontestadas muchas motivaciones humanas con respecto a las soluciones que pretende darle a uno de los problemas más alarmantes del planeta. Únicamente, ensaya sobre un pasado futurista (2010) a través de una mentalidad más estancada para Blomkamp de lo que en realidad está. También sobra la metáfora del cazador cazado, esa que tanto funcionó como reflejo de la era post-Guerra de Vietnam con Blade Runner, que aquí pretende, cómo no, hacer lo propio con Iraq y con el oriente en llamas.

En Elysium, la nueva cinta del director sudafricano que llegará a nuestras salas el 16 de agosto, se eleva esta clase de alegato a la máxima potencia. A fin de cuentas, retrata un futuro en el que reina una determinada hegemonía social, compuesta por empresarios, modelos, etc...mientras se reniega de la pobreza y la inmundicia (algo no tan distópico). La clase alta (aunque a su manera de ver, ellos son la única clase) reside en Elysium, un maravilloso y apartado lugar donde se vive sin contacto con ese inframundo que es la Tierra. Allí se vive bajo las leyes de la perfección, desde los márgenes establecidos por la eugenesia, hasta la eliminación de enfermedades, como cualquier rastro de futuros tumores. Y aunque morir sea un concepto universal, que no entiende de clases, ni discrimina por sexo, religión o raza, es obvio que hacerlo en un lecho de rosas, en ese paraíso ideado como un limbo que separa al hombre adinerado de la crudeza del mundo, no tiene que estar tan mal. Por lo que ya existen dos diferencias vitales entre el inmundo habitante de la Tierra con el de Elysium: cómo vivir y cómo morir.

A estas alturas, esto no huele ni por asomo a las duras críticas de George Orwell al socialismo. Más bien, todo lo contrario; es una exaltación de la lucha de clases. El problema es que Blomkamp afirma con semejante parafernalia argumental que suena a mil veces vista, que la presión ciudadana hacia los políticos que se da en la actualidad, y que es cada vez mayor, no sería capaz de frenar un aparente exceso de poder. Todo esto, claro, considerando que Blomkamp insista en seguir vendiendo (aunque luego reniegue de ello) su obra como una crítica tan descarada a los agujeros de la globalización. Tacharlo de cínico sería ser demasiado benévolos. Lo que su trabajo representa realmente es la imagen del nihilismo moderno, que no sólo traiciona la supuesta evolución moral de la sociedad frente al poder, sino que obvia cualquier rastro de ella, como si el futuro en el que transcurren sus películas estuviese basado en un presente reaccionario. Elysium ya no parte de la base de ser una cinta de ciencia ficción sin pretensiones; en sí, es toda una declaración de intenciones. Lo mismo que Distrito 9, que desde el primer minuto, al anunciar que los alienígenas habían posado su nave sobre Johannesburgo, no pudo evitar categorizarse como odisea social.

No es tantolamentable, pero sí triste que se intente criticar un presuntuoso futuro contra el que una parte del mundo lucha día a día.

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