Música para silbar el Apocalipsis

  • Libros Crudos publica 'Doolittle', un breve ensayo donde el crítico Ben Sisario analiza la obra cumbre de los Pixies, "dioses ausentes" de la actual escena independiente y precursores a su manera de la explosión 'grunge'

La pasada primavera, doblegado por el concierto de los Pixies que acababa de presenciar, el crítico de Pitchfork enviado al festival Primavera Sound escribió: "Si es verdad que lo hacen sólo por dinero, son un gran argumento para el capitalismo". Tamaño entusiasmo no es llamativo sólo por proceder de una web bastante dada a esa clase de severidad que hace tan parodiable la crítica musical. A su elocuente manera, el comentario también sugiere el actual estatus de una banda que empezó a fabricar sus golosinas abrasivas en 1986 para desaparecer estrepitosamente en 1993, dejando un legado agigantado por la nostalgia a la que conducen las cosas irrepetibles: se han conocido pocos grupos tan influyentes y tan imposibles de imitar.

Ahora un ensayo del reportero de The New Yorker Ben Sisario viene a ofrecerse como una suerte de piedra rosetta de Doolittle, la obra maestra del grupo formado en Boston por el cantante y compositor Black Francis y el guitarrista Joey Santiago, a quienes se unieron el batería David Lovering y la bajista Kim Deal, más tarde cofundadora de The Breeders, una formación que siempre trascendió la estrecha condición de proyecto paralelo. Todos ellos, menos la última, que mantuvo casi desde el principio agrios enfrentamientos con el primero, fueron entrevistados por el autor para este libro publicado en Estados Unidos en 2006 y rescatado para el mercado español por Libros Crudos, donde ya apareció Por favor, mátame, una fascinante historia oral del nacimiento y la evolución del punk neoyorquino.

Sisario propone un detallado recorrido canción por canción en el que se mezclan curiosidades sobre el particular método creativo de Francis, a medio camino entre la escritura automática y el psicogrito, apuntes sobre unas letras planteadas como acertijos sin solución, información sobre el proceso de grabación del disco y una serie de referencias sobre las grandes inspiraciones sonoras de los Pixies: de los Beatles a Hüsker Dü y Captain Beefheart, de Hendrix e Iggy Pop a West Montgomery, de los Kinks a Talking Heads, estos más que otra cosa por la filosofía Stop Making Sense del sin par David Byrne. Y aunque muy lastrado por su traducción casi robótica y por una sintaxis en el mejor de los casos descuidada, el volumen aporta sin embargo las claves fundamentales para comprender -o redescubrir- la importancia de Doolittle en la historia reciente del pop.

Publicado en abril de 1989, tras Come on, Pilgrim y Surfer Rosa, y convertido desde entonces en un relativamente modesto long-seller, el disco conserva hoy su tesoro intacto: una de las colecciones de temas más deslumbrantes, divertidas y adictivas de las últimas dos décadas. "La canción comienza aquí y termina aquí. Y dura tres minutos. Y mientras está sonando, es el centro del universo. No importa nada más. Ése es el tipo de estética que creo que teníamos", dice en el libro Francis, que llegó a ordenar el repertorio de muchos conciertos de la banda por orden alfabético. "Si somos un grupo bueno, salimos ahí y lo demostramos. Pero preferiría no demostrarlo mediante todo ese rollo de ¡ahora vamos a acabar con nuestro gran himno! Mejor que todas sean himnos, ¿no? Mejor que todas sean increíbles".

Doolittle, que a punto estuvo de titularse Whore, parece un disco hecho ex profeso para dar la razón a este antiguo estudiante de Antropología obsesionado con la retórica "de azufre y fuego del infierno" que mamó de su padrastro. Ningún otro trabajo de los Pixies, a pesar de contener generosas cantidades de composiciones redondas o emblemáticas, capturó con tal plenitud y coherencia el espíritu de la banda. "Fue como hacer los deberes a última hora y sacar un 10", confiesa el músico, que vio cómo sólo dos años después de echar a andar sus compañeros y él recibían trato de estrellas (underground) y las revistas musicales más respetadas de Gran Bretaña se daban tortas por sacarlos en sus portadas.

Oscuro pero descaradamente lúdico (una diferencia fundamental respecto a la constelación grunge para la que los Pixies fueron tan determinantes), el álbum es un malabarismo continuo de crudeza y melodía, de espasmos virulentos de punk y power-pop pluscuamperfecto, un collage delirante y furioso en el que hay también trazos -más o menos irónicos- de surf, country desquiciado, hardcore, reggae y western. Sobre este tapiz sonoro, Francis, que siempre observó "vibraciones de sexo y violencia" en la música del grupo, aúlla sus letras indescifrables a caballo entre el surrealismo (Debaser es su declaración de amor a Buñuel) y los pasajes más brutales del Antiguo Testamento, una cascada de catástrofes naturales, muertes, angustias, amores agónicos y depravados e instintos violentos por la que se deslizan además algunas enigmáticas reflexiones sobre la relación del hombre con la Divinidad.

Dos álbumes -Bossanova (1990) y Trompe le Monde (1991)- después, y muchas tensiones personales, Francis tuvo un momento de lucidez y honestidad verdaderamente inusual; comprendió que la propia naturaleza anárquica y rabiosa de su propuesta empujaría tarde o temprano al grupo a la autoparodia, y lo disolvió mediante un despótico fax. A partir de aquel momento comenzaron a convertirse, como escribe Sisario, en los "dioses ausentes" del rock independiente que todavía hoy son.

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