El Pipa triunfa y Tía Juana encoge los corazones

El Pipa se desquitó. Puso al público en pie como antaño en el Villamarta, el sábado por la noche, con un montaje basado en su propia experiencias: Puertas adentro. Murió su madre... y nació su hijo. Sentimientos encontrados que plasmó Miguel Hernández en el poema Con tres heridas.

La obra, más lograda que las últimas, encuentra el ritmo idóneo en la música de Montón-limpia y sugerente- y goza de unidad escénica, que no es poco. No decae en momento alguno y propone escenas brillantes, sobre todo cuando toca vivir con alegría que son dos días, a pesar de que el duelo esté aún presente por la pérdida de un ser querido. El guión se limita a esto último, a recordar que es justo la muerte la que le da sentido a la vida, sin más. Y una vez dicho esto, el resto es pura fiesta, la fiesta de estar vivo y de poder amar y ser amado.

El cante soberbio de Montse Cortés eleva el telón por peteneras. El Pipa, de negro luto vestío, baila alrededor de la muerte en un viaje al interior del alma. Pocas veces antes recorrió esta variante, la principal novedad. Se para y se acuerda. Y aparece su madre (Tía Juana) bregando con él cuando aún era un niño. Las bulerías proponen la fiesta en el patio de vecinos y Christian de los Reyes reencarnado en el bailaor jerezano forma el taco en un santiamén. Los cantaores Enrique El Extremeño, El Kini y José de Joaquina le llevaron en volandas. El Pipa sabe lo que le gusta al público y ofrece lo que quiere sin hacerse esperar.

De nuevo en su soledad, el recuerdo de su madre inunda todo el espacio. Sus inalcanzables brazos se elevan majestuosos al son de sus palillos. Si a esto se une su insuperable planta..., ya tiene al personal en el bolsillo. Es entonces cuando la seguiriya hace acto de presencia. En apenas tres minutos subraya Antonio sus hechuras sobre las tablas, pero deja patente su renuncia al zapateado. También se ahorra algunos gestos gratuitos de cara a la galería. Esto no quiere decir que no sigan siendo efectistas sus obras. Para ello basta con ver cómo obtiene el máximo partido de Christian y Macarena Ramírez, dos niños prodigiosos que dan espectáculo de principio a fin. Como la bulería.

La vida se reencarna de blanco en forma de una preciosa nana parida por DeMaría, que se ajusta como un guante a los registros de la impagable Cortés. Qué punzante y tierna a la vez. De repente, Tía Juana resume con un par de tercios el misterio de lo jondo. ¿De dónde sale ese grito ahogado si no del fondo de la tierra? Es la voz negra del cante, el cante desgarrador, el cante que encoge corazones. No se puede cantar más gitano. A la fiesta se une María del Mar Moreno, que se cruza de nuevo con Antonio años más tarde para dar lo mejor de sí misma. Lo más reseñable del cuerpo de baile llega en forma de guajira. ¿Qué es la vida si no un viaje de ida y vuelta? Macarena Ramírez arranca las sonrisas del público y, por lo visto en el escenario, de seguir así no habrá quien le pare en el mundo del baile.

El Pipa da lecciones magistrales y Christian aprende rápido. El desenlace, por soleá. Esta vez marcando el cante de El Extremeño, el bailaor jerezano lo apuesta todo definitivamente a su tremenda flamenquería. Sus seguidores se quedan con ganas de más y entusiasmados le despidieron porque el espectáculo gustó. En la misma medida que presentó una obra renovada y de buena factura, es paradójicamente el baile de El Pipa el que da un paso atrás sencillamente porque sigue sin querer arriesgar para ganar.

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