arte

Aquí bailamos todos

  • Junto a monumentales tapices, la exposición de William Kentridge en el CAC presenta algunos de los collages que los originan, esculturas, dibujos, mosaicos y proyecciones

Quizá no se hayan dado muchas oportunidades como esta ¿No se unirá usted al baile? para poder enfrentarse a una de las parcelas más interesantes de la variadísima producción del surafricano William Kentridge. Nos referimos a sus enormes tapices, que en un número superior a veinte cuelgan en las paredes del CAC Málaga.

Acotar a un artista como Kentridge es cercenar su dimensión artística y otra inherente a él como es la del compromiso -en su caso, no hay estética sin ética-. Por eso, junto a esos monumentales tapices se presentan algunos de los collages que los originan, esculturas, dibujos, mosaicos y proyecciones animadas de sus propios dibujos, lo que permite revelar la trascendencia y la heterogeneidad de su trabajo. Es una empresa dificultosa atender a todas sus facetas artísticas, con algo más que meras irrupciones en el cine, el teatro o la ópera, pero esta exposición nos acerca a su personal manera, cargada de belleza, lirismo, caudal poético y ajena a lo explícito, para abordar la Historia, los discursos en torno al colonialismo y algunas parcelas de la condición humana.

Gran parte de los tapices expuestos pertenecen a la serie Porter (Porteador), caracterizada por tomar mapas históricos que, en la mayoría de los casos, no representan el orden político actual y sobre los que cruzan siluetas, en una suerte de eterno viaje, procesión o tránsito, cargando objetos identificables y otros enigmáticos. Entre ellos se encuentra el que da nombre a la muestra, que consiste en el plano que de Málaga realizara Thuiller en 1880 y que sirve como telón de fondo para que la sombra de Picasso haga por seguir a la de una dama ante la atenta mirada de un motivo picassiano como la paloma e iluminados por una lámpara parecida a la del Guernica.

Al igual que se pueden intuir las transformaciones de la ciudad al ver el antiguo plano, no sólo en la trama urbana sino en las propias medidas y en los límites construidos se repetirá ese mismo proceso ante los distintos mapas que ocupan los fondos. Irremediablemente, revisar desde la actualidad la realidad geopolítica transcrita cartográficamente hace siglos, conlleva un cuestionamiento de los acontecimientos políticos que han originado las variaciones y cambios a lo largo de la Historia: las anexiones y separaciones de territorios, muchas veces cruentas y firmadas con sangre, y otras como la descolonización africana -tan próxima a Kentridge-, tras un estudiado proceso de desocupación tendente a mantener o a hacer aún más efectiva y acuciante los lazos de dependencia con la antigua Metrópolis; el baile de fronteras por mor de acontecimientos o, incluso, la imposición de ésas sin lógica alguna y trazadas a escuadra y cartabón sin escuchar la Historia, como la repartición de una tarta que aún seguimos degustando sin el menor asomo de atragantarnos.

Esta condición mutable, dinámica, fluida o procesual de la ordenación del mundo, tanto como de nosotros, es un rasgo que adquiere la propia obra de Kentridge. De hecho, en los mapas se aprecian flechas y líneas que indican relaciones, movimientos o itinerarios, una especie de metafórico curso de la Historia o de los acontecimientos.

Asimismo, casi todos sus personajes de la serie Porter se encuentran en ademán de caminar o de viajar. En definitiva, de emigrar. Muchos de ellos adquieren una naturaleza híbrida, cuasi-metamórfica, pero nos interesan aquellos cuyo cuerpo simula ser un instrumento de navegación náutica, como el compás de puntas, lo que advierte de esa naturaleza de tránsito o migración. Este mismo proceso ocurre con la realización de sus tapices: las materias primas y los artesanos se encuentran en distintos países y, por tanto, los materiales y la resultante pieza se someten a un continuo proceso de migración que traspasa las fronteras dibujadas, como el mismo material humano, que las rebasa por millones a diario. Y muchas veces, especialmente en el continente del que procede Kentridge, esas migraciones cargando las propias circunstancias y lo poco o mucho que se pueda portar sin que se ponga en peligro la propia vida y el viaje, desemboca en el trauma, el dolor, la herida, los desplazamientos y la condición de refugiado -también llamados desplazados aludiendo a esa huida.

Hace unos días se rememoraba el estremecedor viaje a pie de miles de malagueños durante el sitio y hostigamiento a la ciudad en la Guerra Civil. Todas esas criaturas eran siluetas recortadas sobre el paisaje de la costa, blanco para los cañones de los barcos italianos sin tener culpa de estar a un lado u otro de una imaginaria frontera -si no fractura- en un mapa concreto. Andaban, tal vez como las siluetas de Kentridge, cargando la angustia y anhelando un destino.

Pocas veces acudo a la biografía de los artistas para explicar sus estrategias, pero considero que en este caso puede ser esclarecedor, ya que Kentridge procede de una familia de judíos europeos que emigraron a Suráfrica. Esa condición lejana -muy lejana- de inmigrados no fue óbice para que la familia Kentridge, sudafricana de facto a principios del XX, luchara contra el apartheid y estuviera al lado de los oprimidos nativos, es decir, aquellas personas que llevaban más generaciones vinculadas a esa tierra.

Esas siluetas sobre los mapas son un retrato del Hombre. He ahí lo universal que escapa de la individualización para aspirar a que nos reconozcamos en ese ser humano que camina cargando a cuestas con su mundo, con sus circunstancias -en nuestras sombras hay menos diferencias que en la mirada hacia y entre nosotros mismos-. Esas siluetas se traspasan a sus esculturas, hechas en fragmentos, como en una especie de collage en el que han de ensamblarse los restos para crear una unidad y que han de ser vistas de perfil buscando, gracias al movimiento, el punto concreto, ya que al cambiar nuestro punto de vista se fragmentaría, un recurso habitual en algunas de sus animaciones, en las que personajes y animales salen descompuestos por los aires.

En varias de esas esculturas, como en la imaginería de algunos dibujos, encontramos cierto expresionismo que se alía con los temas que refleja: la opresión y el abuso de poder. Así, ese grado expresionista llega a lo grotesco en algunos de sus conductores, imágenes satíricas de la figura del líder, como el Napoleón tomado de Jacques Louis David.

Un momento mágico y punzante se vive en el recogimiento y en el sobrecogimiento en torno a la mesa circular sobre la que se proyecta What will come (has already come), una proyección anamórfica reflejada en un cilindro que nos devuelve la imagen en movimiento. En ella, entre el lirismo y el dolor, se recoge el bombardeo e invasión de Etiopía por el ejército italiano en los años treinta. El mundo gira entre el horror y la belleza, entre los gritos de desesperación y la música clásica, entre el atronador sonido de las bombas y el silencio de la noche estrellada.

William Kentridge CAC Málaga. C/ Alemania. Hasta el 13 de mayo de 2012.

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