César Jiménez, frío, frío...

  • El torero madrileño, escaso de ambición, no responde a las expectativas que había levantado su encierro con seis toros, que fueron siete, en Valdemorillo

Dos orejas en siete toros, pues terminó regalando el sobrero, fue el balance de César Jiménez en su actuación en solitario en Valdemorillo, una tarde que no respondió a las expectativas levantadas, por la frialdad y la escasa ambición con la que la encaró. Al final, no tuvo suerte César Jiménez en su apuesta de matar seis toros, que al final, con el sobrero de regalo, fueron siete, a las puertas de Madrid.

Le falló el ánimo, que no los toros, pues al primero de Algarra, al de Victorino y al de Alcurrucén, por la condición de cada uno, tenía que haberles cortado dos orejas a cada uno, que hubieran sido seis en total. Por tanto, no tuvo Jiménez la suerte que no buscó.

Tardó en meterse en la corrida, sin duda por las escasas posibilidades de los dos primeros astados, pero también por lo espeso de ideas que estuvo con ellos, citando muy despegado, lo que se dice fuera de cacho, y marrando mucho con la espada.

Cuando empezó a desmelenarse, con el buen algarra que hizo tercero, todavía le faltó unidad a la faena. Hubo relajo y ajuste en el toreo fundamental, descolgado de hombros, pero aún sin la rotundidad necesaria. Paseó sólo una oreja, ya está dicho, de las dos que tenía que haber cortado.

En el victorino, algo parecido. Una tanda por la derecha fue de usía: pases perfectamente hilvanados y ralentizados, sentidos, muy hondos. Pero únicamente eso. Incapaz de corregir y sobreponerse al pecado capital del toro, que reponía las embestidas por el lado izquierdo, se dio mucho al toreo rápido y superficial. Cortó una oreja protestada al iniciar la vuelta al ruedo.

Siguiendo el orden de la corrida, saltó un cuarto toro de Alcurrucén, el más claro de la tarde. El de más cuajo de los siete que terminaría estoqueando. Toro sin definir en el capote, pero que fue a más. En un quite intercalando verónicas y tafalleras, lo mejor las dos medias de remate.

Citó con la muleta, de rodillas, emulándose a si mismo, en la clásica apertura de faena de su primera época. Y ya de pie, el toreo más bonito y más ajustado, muy encajada la figura, muy firme y largo el trazo. Se le notaba muy a gusto, seguro y especialmente sentido. Incluso las manoletinas, y hasta el abaniqueo, tuvieron su aquel. Mas no fue capaz con la espada, y cambió las orejas por un aviso.

A partir de ahí, nada. No embistió el sexto. Y menos aún el toro de propina. Alardes finales a cuento de nada. Y menos mal, tuvo el gesto de no dejarse sacar a hombros. Había sumado dos orejas, pero él mejor que nadie sabía que no había nada que celebrar.

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