Andalucía, una amalgama demográfica entre la base ibérica y las minorías judía y norteafricana

  • Los territorios orientales y occidentales difieren en el peso de los ascendientes genéticos

¿Qué es Andalucía? Para Washington Irving, un sueño pintoresco de bandidos, tesoros y moriscos. Para Blas Infante, una patria. Para Luis Rosales, una angustia. Para la historia, un constructo que suma el feraz valle del Guadalquivir a la montaña que muere en el mar. Para la genética de las poblaciones, la herencia de la biología amalgamada con la cultura: un componente base, el de la demográfica ibérica, sobre el que pasan de puntillas las historias de los grandes hechos y el rastro de Sefarad y Al-Andalus, detectable, sin duda, a tenor de este estudio, en la identidad de los actuales andaluces.

Pero también Andalucía es lo que no está y debería estar: la ausencia de patrimonio genético norteafricano en las provincias orientales, refugio del Islam tras el avance de Castilla hacia el sur, no habla, precisamente, de fusión. Los historiadores toman nota de deportaciones hacia el norte tras la liquidación de los últimos reductos de resistencia morisca en Granada, tras la gran sublevación del siglo XVI. Y de repoblaciones de las zonas que iban siendo conquistadas. Quizá, precisamente las diferencias en la naturaleza del asentamiento castellano entre Andalucía oriental y el valle del Guadalquivir, a partir de las conquistas de Fernando III, expliquen una mayor pervivencia de la herencia genética norteafricana en el territorio occidental.

Respecto a la huella judía, está claro que ni los pogroms de finales del siglo XIV ni la expulsión final pudieron borrarla. Sefarad es hoy sólo memoria para una parte de la comunidad hebraica; pero, sin duda, para otros, es el nombre oculto de un país en el que se quedaron para siempre.

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