Crítica

'Tiana y el sapo': Volver a casa (con 'swing')

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Tiana y el sapo. Animación musical, EEUU, 2009, 95 min. Dirección y guión: John Musker y Ron Clements. Música y canciones: Randy Newman.

Tiana y el sapo supone el regreso de la factoría Disney a la animación tradicional en clave musical que le diera sus mayores éxitos en las décadas de los 80 y 90 con títulos como La sirenita, Aladdin, La bella y la bestia, El Rey León o Pocahontas. Es posible que este ejercicio de nostalgia en tiempos de sofisticación digital y tridimensionalidad sobrevenida tenga algo que ver con el hecho de tratarse del primer largometraje de animación de la casa protagonizado por un personaje femenino afroamericano, como si de empezar de nuevo se tratara vinculando la vieja artesanía del dibujo manual con un mensaje de refundación ideológica que da la voz cantante a los negros en tiempos de nuevas esperanzas con Obama al frente. Tampoco parece casual que se haya trasladado el cuento de El príncipe rana al paisaje pantanoso de Nueva Orleans y alrededores, recuperando así un imaginario sureño no contaminado por la catástrofe reciente en el que desplegar un festivo repertorio de canciones jazz junto a una serie de temas locales (la brujería y el vudú, el carnaval, el bayou) que se entreveran con el tradicional esquema de los cuentos de hadas. 

Tiana y el sapo resucita la ingenuidad y efectividad de antaño sin apartarse mucho de la ortodoxia, dando apenas una ligera vuelta de tuerca al relato con un intercambio pactado entre el mundo humano y el mundo animal antropomorfizado, protagonizado aquí por ranas, sapos, luciérnagas y cocodrilos trompetistas admiradores de Louis Armstrong. Así, todo encaja en una superficie armónica, limpia, pulida y de colores pastel a la que no hay que buscarle más detalles (que los hay y muchos) o guiños de los que se ven a primera vista. El viejo cuento progresa en su lógica implacable al son de las irresistibles canciones con swing de Randy Newman y sin necesidad de acudir a lo autoparódico como reclamo para conciliar a niños y adultos. Se trata, simplemente, de volver a casa, aunque sea como postrero viaje consciente de su propio anacronismo.     

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