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Aristocracia del arroyo

  • José Esteban reúne el resultado de sus lecturas y de sus trabajos anteriores en un valioso Diccionario, editado por Renacimiento, que traza las coordenadas de la constelación de la bohemia

Alejandro Sawa, príncipe de los bohemios. Alejandro Sawa, príncipe de los bohemios.

Alejandro Sawa, príncipe de los bohemios.

Varias décadas de apasionado estudio han culminado en este Diccionario donde José Esteban, que ya había publicado obras referidas al fenómeno como Los proletarios del arte (1998, en colaboración con el hispanista Anthony N. Zahareas, junto a quien codirigió la imprescindible Biblioteca de la Bohemia de la editorial Celeste), Valle-Inclán y la bohemia (2014) o Los bohemios y sus anécdotas (2015), e introducido títulos ya clásicos sobre la materia como La bohemia española en París a fines del siglo pasado de Isidoro López Lapuya, publicado por la Biblioteca de Rescate de Renacimiento que él mismo dirige, ha reunido su vasto conocimiento acerca de una veta soterrada que tuvo su máxima expresión entre las postrimerías del XIX y los inicios de la nueva centuria, asimilada a la facción más combativa del modernismo al que los bohemios, instalados en los márgenes o desde fuera de la sociedad literaria, aportaron la nota más desgarrada. Fueron como la arrojada tropa de choque y llevaron más lejos que nadie su impugnación del orden burgués, desde una perspectiva casi sacrificial -la santa bohemia de Ernesto Bark- que los asimilaba a los antiguos mártires, pues de una fe se trataba, inseparable de la cuestión social e interpretada por la mayoría en clave libertaria. La combinación de idealismo y vida desordenada, de sueños más o menos vagos y miseria bien real, caracteriza a los integrantes de una cofradía donde se mezclaban escritores de talento con hampones, sablistas y buscavidas, figuras pintorescas y a menudo trágicas que deambulaban en los arrabales de la literatura y apenas han sobrevivido al testimonio de los contemporáneos.

Vinculado por una corriente de inequívoca simpatía a los autores objeto de estudio, de los que reivindica no sólo la actitud, sino una obra irregular que en muchos casos y no siempre inmerecidamente ha caído en el olvido más absoluto, Esteban ha distribuido el resultado de sus lecturas y de sus trabajos anteriores en más de trescientas entradas de desigual extensión, trufadas de numerosas y extensas citas de los protagonistas o de quienes han abordado sus peripecias, lo que dota al conjunto, repleto de información valiosa, de un cierto carácter antológico. Al remontarse hasta Bécquer, el gran poeta español de su siglo, el autor retrotrae la constelación de la bohemia a la generación que recibió el impacto de las famosas Escenas de Murger, pero fue sobre todo la siguiente, formada por la llamada gente nueva de hacia 1880, los Alejandro Sawa, José Nakens, Silverio Lanza o Manuel Paso, más Rafael Delorme, Pedro Barrantes o Joaquín Dicenta, la que siempre de acuerdo con el modelo francés encarnó más claramente un imaginario forjado en el romanticismo en el que confluyeron la musa enferma de Baudelaire y los posteriores desvaríos de Verlaine, verdaderos ídolos de los que tomaban no tanto o no sólo la inspiración simbolista -Villaespesa, los Machado, Valle y por supuesto Rubén, en el París del Barrio Latino, las pensiones baratas y el mitificado ajenjo de la "hora verde", cultivaron también la bohemia- como la idea de una cierta aristocracia del arroyo.

Emilio Carrere, Armando Buscarini, Pedro Luis de Gálvez, Luis Antón del Olmet, Alfonso Vidal y Planas, Dorio de Gádex o sobre todos ellos Sawa, el príncipe de los bohemios que sirviera a Valle de modelo para el inmortal personaje de Max Estrella en la obra cumbre del esperpento -publicada por entregas en 1920, hito que viene a señalar un final de época- son sólo algunos de los nombres más conocidos de una galería que incluye a muchos otros menores o ínfimos, pero Esteban recoge también los escenarios -los cafés, los burdeles, las cárceles, los hospicios, los hospitales- y las publicaciones efímeras o casi clandestinas, cita o comenta la bibliografía secundaria -Zamora Vicente, Fuentes, Philips, Barreiro, él mismo- y evalúa las impresiones transmitidas por los autores coetáneos. Frente al reiterado desdén de un Baroja, por ejemplo, que pese a todo fue bohemio a su manera, se sitúa la devoción de Rafael Cansinos Assens, cuyas estampas en La novela de un literato son, junto a las memorias de Eduardo Zamacois, una fuente principalísima a la hora de conocer ese fascinante inframundo que apenas aparece en los manuales. Fruto de su ingente erudición en un terreno poco transitado por la crítica, el Diccionario de Esteban, que lo es de autor y no sigue por ello una disposición ortodoxa, no responde únicamente al interés del estudioso, sino también a una identificación con los perdedores que distingue a muchos de sus trabajos y se proyecta hacia el presente como una suerte de poética. Por encima de la anécdota, importa plantearse la vigencia del ideario.

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