Arte de la herida

  • El australiano Nick Cave lleva más de 30 años haciendo rock tan salvaje como aristocrático. Un libro de entrevistas propone ahora un recorrido por las claves personales de su universo musical y literario.

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Nick Cave. Confesiones íntimas de un santo pecador.Mat Snow (ed.). Trad. Ricardo García. Global Rhythm. Barcelona, 2012. 312 páginas. 22 euros

Pocos han llegado donde él lo ha hecho, y tantas veces, y por caminos bien diferentes. Y durante tanto tiempo. Nick Cave arrancó su carrera a comienzos de los años 70 y desde entonces hasta hoy mismo -sin olvidar las dos entregas de Grinderman- ha desarrollado una de las obras más deslumbrantes del rock contemporáneo; una trayectoria subrayada además por su coherencia, virtud que nunca acarreó rigidez e inmovilismo, tampoco en este caso. No hay más que escuchar la veintena de discos de estudio que ha publicado bajo cualquiera de sus encarnaciones, sin contar sus numerosas composiciones para el cine. Del pop-punk al rock crudo e incendiario -sexy de tan cerdo- pasando por sus majestuosas baladas de oratorio reverberante, el australiano fue tocando y afinando cuerdas hasta que se le puso cara de clásico en una época sin clásicos.

Ahora, en su colección sobre vidas entregadas a la música y con una traducción -hay que decirlo- que bordea con frecuencia el despropósito, Global Rhythm acaba de publicar Nick Cave. Confesiones íntimas de un santo pecador: 30 años de conversaciones siniestras. Largo título, además de inexacto y algo forzado, tras el que se reproducen varias extensas entrevistas con el artista, un tipo verdaderamente poliédrico que lo mismo escribe de teología para The Times, que acude a la Universidad de Viena para pronunciar conferencias sobre las canciones de amor, publica novelas faulknerianas como mínimo bien escritas e interesantes y ensancha -mucho más allá de cualquier tópico al uso- los vasos comunicantes entre literatura y rock, o se gana una legendaria reputación de profeta tóxico del infierno.

Morbosamente fascinados por esto último, muchos críticos y periodistas se acercaron a él en los primeros tiempos con ánimo retador y con un desdén moralista que en ocasiones, como en la entrevista de Antonella Gambotto para el New Musical Express en 1986, alcanza cotas lamentables. "Te voy a dar una información que te va a dejar el culo prieto. De joven era muy tímido y la música era mi manera de ligar", le dice Nick Cave en un pasaje de la misma, igualando irónicamente sus respuestas al nivel tópico y superficial de las preguntas de su interlocutora, que en el mejor de los casos acudió a su encuentro en trance de amarillismo depredador y en el peor, con sueños de Inquisición.

En otra entrevista, el músico increpa a un viejo conocido de la prensa: "Tú eres la persona, son las personas como tú las responsables de que toda esa gente se muera por insistir en escribir del asunto". "La voz de Nick Cave grazna (...) No quiere hablar de heroína", se queja el plumilla en estilo indirecto: no ante él, sino luego, ante sus lectores. Después, deja seguir al músico, explicándose mejor: "No puedo evitar tomar esa droga concreta. Quiero decir, es mala e insidiosa y sí que se mete en tu vida como un gusano y es muy difícil sacarla. Nunca he hablado de ella de otra forma. Y además en las canciones no la menciono". El primer tercio del libro da ciertamente mucho que pensar sobre ciertos vicios de la crítica músical -en este caso vieja escuela- pero especialmente sobre los oscuros y ambiguos mecanismos del sensacionalismo, que acaba engordando lo que dice estar sólo denunciando.

Afortunadamente, se habla también de música. Son los años de Boys Next Door y The Birthday Party, discos de pegada rabiosa y urgente, primero en la estela de los Ramones o Stooges, luego más oscura y sofisticada sin renunciar a esa energía primitiva, en la línea post-punk artie de Pere Ubu, Pop Group, The Fall o Suicide. En su mejor momento, ganado ya el estatus de grupo de culto para los amantes de esa clase de rock turbio que apela a los rincones perversos de la imaginación, algo empezó a cambiar. Y se acabó Birthday Party. "Durante los últimos años, he permanecido en un estado de entumecimiento emocional y espiritual progresivo. Es decir, he escrito muchas canciones donde he expresado mi dolor sin ser capaz de sentirlo de verdad", explica Cave, hablando entre otras cosas de la muerte de su padre -la típica figura inspiradora y castradora: "era tan descomunal que desplazaba a todos los demás"- cuando él era adolescente. "Quizás en todo momento he estado expresando cómo debería sentir sin sentirlo", añade el músico, que en 1984 y con los mismos compañeros, entre ellos su inseparable Mick Harvey, más la incorporación crucial del alemán Blixa Bargeld, hizo más que cambiar el nombre de la banda: amplió su imaginario.

Con The Bad Seeds, Cave conservó la actitud inequívocamente punk de sacudir y perturbar; pero la llevó a una dimensión formalmente menos agresiva aunque en el fondo más osada, al insertarla en la tradición telúrica del blues y en el universo mítico-literario del Sur gótico de Estados Unidos. En ese paraíso corrupto habitado por criaturas arquetípicas -charlatanes, mujeres de rojo, jugadores de cartas, esclavos, multitudes que por hábito linchan- e historias que pasaron siempre y seguirán pasando, Cave estilizó sus angustias con canciones más líricas y narrativas, casi fluviales y con alma de melodrama épico. Como dice Simon Reynolds en su artículo (De la misoginia, el asesinato y la melancolía), "el poeta y visionario del sexo y la muerte se convirtió en un cantante melódico que habla del color de la ceniza, abandonando los excesos dionisíacos para recalar en un clasicismo en ruinas".

La discografía de los Bad Seeds es prácticamente una galaxia en sí misma. Cada uno tendrá su canon. Cabe suponer que Your funeral... my trial, Let love in, Murder Ballads o el doble Abbatoir Blues/The Lyre of Orpheus no faltarían en ninguno de ellos, pero si hay sólo uno que no debería dejar de estar, ése es The Boatman's Call, un disco íntimo, casi curativo, el más personal, austero y frágil del australiano; sencillamente una obra maestra. Es la crónica dolorida y agridulce de un amor quebrado en su momento más hermoso y debe su atmósfera cautivadora a la fe de Cave no tanto en Dios, en el que no sabe si cree o no, como en el sosiego de su liturgia: "Me proporciona un sentimiento de elevación sobre lo mundano. Soy más consciente de las cosas (...) En la palabra de Dios hay mucha hermosura, y lo que acaba siendo el sermón suele ser una simple desmitificación atroz de ese mensaje. Para mí, todo este asunto es más bien un viaje que hago por mi cuenta. El fundamento de mi creencia espiritual consiste en dudar de todo".

"Lo que trato de comunicar es que nos tenemos los unos a los otros, y eso en realidad no basta, pero es lo único que tenemos", dice más adelante, para explicar el origen de la profunda búsqueda espiritual que late en gran parte de su música desde aquel disco. Durante mucho tiempo, donde tantos vieron a un vampiro depravado, tan sólo había un hombre intentando hacer de las heridas de su vida algo poderoso, bello y mejor, aunque fuera sólo arte.

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