Divinas palabras

  • El panorama editorial engrosa su catálogo con la publicación de títulos de Raymond Queneau, Daphne du Maurier, Norman Mailer y T.S. Eliot.

Pese al prestigio que rodea su nombre, bien que acompañado de la ambigua etiqueta de autor de culto, Raymond Queneau no ha tenido demasiada fortuna editorial entre nosotros. En los últimos años, sin embargo, como ha ocurrido con su compañero de batallas experimentales Georges Perec, varios de los libros del narrador y poeta francés han salido al encuentro de los lectores más osados, que pueden encontrar en la obra de Queneau a uno de los más genuinos exponentes de una forma lúdica y libérrima de entender la literatura. Por ceñirnos ahora a su obra narrativa, Seix Barral ha recuperado las novelas Siempre somos demasiado buenos con las mujeres (1947), atribuida por el autor a la ficticia escritora irlandesa Sally Mara, Las flores azules (1965) y el divertimento inacabado Hazard y Fissile, que permaneció inédito hasta 2008. Por su parte, Marbot ha dado a conocer la última novela de Queneau, El vuelo de Ícaro (1968), y también Odile (1937), donde el hereje del surrealismo caricaturizaba a sus antiguos camaradas de la vanguardia. La misma editorial acaba de publicar su obra más divulgada, Zazie en el metro (1959), doblemente conocida por el impactante filme homónimo de Louis Malle. Ilustrada por Miguel Gallardo y presentada en la misma traducción de Sánchez Dragó que publicó Alfaguara en 1978, la edición se completa con dos pasajes inéditos –incluidos en el manuscrito, pero descartados por Queneau de la versión definitiva– que han sido traducidos por el editor de Marbot, Ramon Vilà Vernis. Una excelente ocasión para reencontrarse con un París malhablado y efervescente que preludia la eclosión de los soixante.

Muy popular por las adaptaciones cinematográficas de sus novelas La posada de Jamaica (1936) y Rebeca (1938), famosamente llevadas al cine por Hitchcock, la británica Daphne du Maurier –autora también de Los pájaros (1952)– es de esos escritores que parecen predestinados a la literatura por nacimiento. Nieta del ilustrador y novelista George du Maurier –íntimo amigo de Henry James, como relata David Lodge en su estupenda novela ¡El autor, el autor! (Anagrama, 2006)–, hija de célebres actores y sobrina de Sylvia Llewelyn-Davies, cuyos hijos inspiraron a J.M. Barrie la escritura de Peter Pan –véase la introducción de Ana Belén Ramos a la nueva edición de Cátedra–, la gran dama de Cornualles pertenecía a un linaje de artistas y con el tiempo se ha convertido en el representante más ilustre de la familia. De su primera juventud data un puñado de cuentos que no fueron recogidos en volumen –o en algún caso se perdieron sin llegar a ser publicados– y acaban de ser dados a conocer en España por el nuevo sello de Nevsky Prospects, prometedoramente titulado Fábulas de Albión. Traducidos por Marian Womack y prologados por Pilar Adón, los trece relatos incluidos en El muñeco, protagonizados por seres obsesivos con un fondo de perversidad, son bastante originales pese a su tardía y orgullosa fidelidad a la tradición decimonónica.

Recopiladas poco antes de su muerte, las “reflexiones sobre la escritura” de Norman Mailer fueron publicadas en castellano por Emecé y acaban de ser reeditadas por BackList con el mismo afortunado título de Un arte espectral. “Nunca sabes –decía el autor de Los desnudos y los muertos, que no es probable que hubiera leído a Valle– de dónde vienen tus palabras, esas divinas palabras”. Presentado a modo de testamento de toda su trayectoria, como una suerte de centón dirigido a quienes se inician en el oficio, el volumen reúne las consideraciones de Mailer a propósito del negocio editorial, los cursos de escritura, los riesgos de la profesión, los géneros literarios o la obra de “gigantes” como Tolstoi, Mark Twain o Hemingway. También contiene algunas notas más o menos pedestres de filosofía casera, a veces ingeniosas, a veces chuscas o directamente olvidables. Pese a su proyección pública, el norteamericano nunca fue un escritor de los llamados intelectuales, pero opinó mucho, como profesional del periodismo que era, y no se caracterizaba por la moderación en sus juicios. Hay que tener en cuenta, por lo demás, que bastantes de los párrafos son en realidad respuestas, procedentes de entrevistas, a preguntas que no aparecen expresamente formuladas, por lo que no cabe esperar un discurso sostenido. El mejor Mailer habla del “filo áspero de la realidad” como la verdadera escuela, en la que él mismo se había formado. El otro expresa obviedades del tipo: “Escribir como actividad física diaria no es agradable”. El libro, con todo, además de ser una fiesta para los aficionados a las frases epatantes, ilumina la obra de un escritor indudablemente grande al que sólo los esnobs han minusvalorado.

En parte para contextualizar o sostener el rumbo innovador y desde entonces ineludible de su propia apuesta poética, T.S. Eliot dedicó muchas horas a enfrentarse con los poetas que le precedieron, Marlowe, Shakespeare, Milton o Yeats, pero también Virgilio, Dante o Baudelaire. Son justamente célebres sus ensayos El bosque sagrado (1920) y Función de la poesía, función de la crítica (1933), pero la obra en prosa de Eliot contiene muchos otros títulos que ampliaron o matizaron aquellos libros seminales. Al cuidado de Andreu Jaume, La aventura sin fin (Lumen) ofrece una amplia antología, traducida por Juan Antonio Montiel, que ha sido seleccionada a partir de Ensayos selectos (1932), Sobre poesía y poetas (1957) y Criticar al crítico (1965). Cita Jaume, al final de un prólogo esclarecedor y admirablemente reivindicativo, a algunos de los poetas y críticos en los que resulta visible el influjo de Eliot: Cernuda, Valente, Gil de Biedma u Octavio Paz. Ahí es nada.

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