Recuerdos del desastre

  • Miguel Brieva reúne sus mejores trabajos de los últimos años en 'Memorias de la Tierra', donde el dibujante sevillano disecciona las miserias del capitalismo a la vez que trata de ofrecer "escenarios posibles de cambio".

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Memorias de la Tierra. Miguel Brieva. Reservoir Books / Random House Mondadori. Barcelona, 2012. 178 páginas. 20,90 euros.

Ya se sabe: el marciano se dirige a otro lugar -un protoagujero negro cercano a la confluencia astral de Lem, pongamos por caso- pero equivoca el camino y aterriza en la Tierra; como es inexperto y pacífico, y viaja además con la nave atestada de instrumental científico porque además tiene el don de la curiosidad, aprovecha la ocasión para estudiar la civilización humana y la criatura abandona el planeta no sólo sin haber entendido nada, sino de hecho paralizado por la perplejidad. Miguel Brieva se sirve de esta convención narrativa para hilvanar la selección de viñetas que componen Memorias de la Tierra, segunda parte de su proyecto El otro mundo, concebido como una trilogía que debería acabar -"a ver si hay energía para hacerla", dice- con una novela gráfica.

El libro, que no llegará a las librerías hasta el próximo día 19, reúne muchos de los trabajos que ha realizado en los últimos cuatro años para El País y El Jueves, dos de las muchas publicaciones con las que el dibujante sevillano, también integrante de la banda Las Buenas Noches, ha colaborado desde que se dio a conocer hace más de una década con Dinero, una revista que él mismo editaba y distribuía y con la que pronto llamó la atención de los amantes de los cómics. Emparentado una y otra vez, ahora también aquí, con la sensibilidad y la estética de Robert Crumb y El Roto -influencias que admite "encantado" porque admira profundamente la trayectoria de ambos-, Brieva une su mirada a la de ese alienígena extraviado que mucho tiempo después de su estancia entre nosotros rememora la perseverancia, digna sin duda de mejor causa, con la que los humanos se empeñaban en arrasarlo todo, incluidos, por supuesto, sus congéneres.

"Trato de cuestionar lo que yo considero dogmas de fe que se han instalado en la sociedad, y en los que todo el mundo, hasta la gente más sensata, ha acabado creyendo ciegamente", dice el dibujante, que siempre se ha distinguido por sus sátiras feroces de las formas de vida (y de esclavitud) capitalista; aunque con el paso de los años, puntualiza, su manera de concebirla ha experimentado un cambio importante que se percibe en estas Memorias de la Tierra. "Mis trabajos anteriores eran un friso de la sociedad actual, ejercicios de demolición. Pero ocurre que llega un punto en que seguir haciéndo eso puede ser aburrido o reiterativo para mí. Además, creo que ese tipo de sátira ya no es tan necesaria, que empieza a ser colectivo el pensamiento de que el nuestro es un sistema en crisis, por lo que ahora lo que hace falta es presentar escenarios posibles de cambio. Y que sean escenarios reales, aunque deben ser también radicales para que las cosas sucedan", explica Brieva, que no cree haber tenido nunca una visión "oscura" de la realidad.

Cruda, sí, la crudeza, que en muchas de sus viñetas emplea sin contemplaciones -como en ese cartel de la Semana Fantástica del Tercer Mundo que se apropia, para pervertirlos, de los códigos de la publicidad lujosa-, eso no lo niega. "Pero es la vida misma", añade. "Pon el telediario. Es una pesadilla, un delirio. Si nos atenemos a los hechos, lo que yo hago no es más que poner una lupa de tres aumentos a lo que ya existe. ¿Mirar por esa lente es desagradable? Sí, pero me distancio de esa cultura que en los últimos años, y podemos hablar de Lars von Trier o Michel Houllebecq, ha puesto de moda el mensaje nihilista. A veces da la impresión de que eres mejor artista si hablas de la debacle humana o de que el ser humano es perverso de por sí. Yo creo que eso no ha estado nunca en mi trabajo, aunque aprecie alguna obras de Lars von Trier y Michel Houllebecq. No tendría sentido hacer un relato de pesadilla en un campo de concentración; lo tendría hablar de cómo escapar, y lo otro me parece un regodeo absurdo", dice el autor.

En su intento de construir -una vez asestados todos los hachazos que ha creído precisos- Brieva se ha buscado una buena y rigurosa compañía. Guy Debord, Santiago Alba Rico, Agustín García Calvo, Kant, Rafael Sánchez Ferlosio, Stanley Kubrick, Voltaire o Chesterton son algunos de los autores que aparecen en los Documentos humanoides, una serie de apéndices que acompañan a cada uno de los diez capítulos del libro. "Seleccioné esos fragmentos porque en mi opinión van a la raíz de las cuestiones que planteo. Y también, claro, con el soterrado deseo de que la gente sienta ganas de leer esos libros", afirma el sevillano, que centra la mayoría de sus lecturas en los ensayos políticos.

A pesar de la potencia expresiva de sus dibujos, casi todos ellos de gran abigarramiento, las viñetas de Brieva se presentan cargadas de textos, una inclinación que atribuye a su "incapacidad de síntesis". "El Roto tiene habilidad para resumir cuestiones complejas en apenas una frase. Yo no. Tengo ese tic de la verborrea, quizás porque mi influencia del cómic es mayor, ya que él viene del mundo de la pintura. Digamos que lo que yo hago son sketches congelados. Pero un sketch no es una frase, sino una situación que se desarrolla en el tiempo, y ese desarrollo lo hago en los bocadillos", abunda el autor, que no olvida, a pesar de su condición de dibujante, que "el pensamiento y las ideas se articulan con palabras".

Brieva confía en la capacidad transformadora real del 15-M, que "ahora está en estado de latencia pero aflorará con mucha más fuerza", entre otros motivos, dice, porque a estas alturas la gente es consciente de que, en el mejor de los casos, "los gobiernos sólo se dedican a gestionar una situación que es enferma de partida", y de que "los partidos políticos se han convertido en estructuras cuyo único fin es mantenerse, en lugar de conseguir los fines para los cuales fueron supuestamente creados". Claro que también piensa que "todo va a empeorar hasta límites que ni siquiera imaginamos". Y sin embargo, a pesar de la terrible sospecha, ha decidido creer, como Gramsci, en el pesimismo de la razón, pero también en el optimismo de la voluntad. Ésa es su apuesta y ésa es ahora su lucha.

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