La bestial doncella

  • Dos sellos recuperan a la jugosa 'Caperucita Roja': Nórdica publica en un volumen las versiones más conocidas del cuento; Narval saca a la luz una edición ágrafa e ilustrada

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Es, sin lugar a dudas, el cuento más suculento. Y lo es más -como sucede siempre- cuanto más retrocedemos en el tiempo. Mucho más cruento de lo que ha llegado hasta nosotros -en la versión de Perrault, y en muchas otras, el elemento salvador brilla por su ausencia y Caperucita termina siendo devorada por insensata- y con una carga erótica tremenda. Tanto que aun hoy, destilado y suavizado de mil maneras, como les ocurre a todas las historias tradicionales, resulta difícil ignorar el peso sexual que lleva implícito -es prácticamente imposible encontrar un sex-shop del mundo que no tenga un disfraz de Caperucita. ¿Han visto alguno de la Bella Durmiente?-. En antiguas versiones del cuento, recopiladas en el medio rural francés a finales del XIX, Caperucita trata -inútilmente- de escapar del lobo desarrollando ante él un lento striptease. Los mismos hermanos Grimm, encargados de la interpretación alemana del asunto, desestimaron esta versión que llegó, indudablemente, a sus manos. Sí pervivió, sin embargo, la letanía -la falda, los zapatitos, la corona- transformada en el diálogo que se establece entre la bestia y la niña y en la que se nombran las distintas partes del cuerpo del lobo.

Gustave Doré fue bien consciente de esta condición del cuento, pues a él debemos una de las estampas más inquietantes y reveladoras de la historia: aquella en la que vemos a un lobo, travestido con el camisón de Caperucita, metido en la cama junto a la pequeña, que lo observa desconfiada. Hay una voz en todos nosotros que proclama ante tan inapropiada imagen: "¡Lo sabía! ¡Así tenía que ser!". Y es que, el encuentro entre niña y depredador provoca un sentimiento muy bien explicado por Djana Barnes: "Los niños son conscientes de algo que no pueden expresar: ¡les gusta que Caperucita y el lobo estén en la cama!". El folclorista Bettleheim llega a afirmar que, evidentemente, cuando Caperucita acepta meterse en la cama del lobo, o bien es tonta -cosa que dudamos- o está deseando que la seduzcan.

La imagen le fue muy útil a Perrault a la hora de elaborar el mensaje que pretendía: advertir a las jóvenes ingenuas de los peligros de los seductores. Su historia iba destinada al público de los selectos salones literarios franceses, en una atmósfera en la que -imaginamos- los inspiradores del vizconde de Valmont debían ser legión. La intención admonitoria del cuentista no extraña en absoluto: al fin y al cabo, La bella y la bestia -la fábula de Lenprince de Beaumont que hemos destilado como un hermoso canto al supuesto poder redencionista del amor- no era más que una metáfora dirigida a las jóvenes casaderas para que no gruñeran demasiado cuando eran prometidas a hombres mayores, repulsivos o intratables -más les valía creer que la belleza estaba en el corazón-.

Y Perrault sería, además, el encargado de introducir el color rojo, que tantas vueltas ha dado en la carga simbólica -peligro, violencia, sexo- de la historia. Desde su origen -allá en la Edad Media, como fábula que advertía a los niños de los peligros del bosque-, las andanzas de Caperucita han sido interpretadas de numerosas formas: como una parábola sobre los seductores, sí -apunta María Tatar-, pero también como una alegoría de la violación o una guía de la iniciación de las chicas en la sexualidad y la edad adulta. Entre los autores que han explorado las posibles metahistorias del cuento se encuentra Ángela Carter, que realizó en The Bloody Chamber distintas revisiones del mito, llevadas a la gran pantalla por Neil Jordan en En compañía de lobos. La suya es la más Lolita de las Caperucitas y suya fue, también, la idea de asociar la licantropía a la leyenda: algo que ha retomado Catherine Hardwicke en la última versión del cuento realizada para el cine. Precisamente, a la sombra crepuscular de esta adaptación, Nórdica y Narval publican sendos títulos sobre el mito: los textos de Perrault, Grimm y Tieck, en la primera; y una versión ilustrada de Adolfo Serra que juega con la capacidad de evocación de los cuentos clásicos, en la segunda. Un trabajo, el de Serra, para el que el autor ha manejado numerosas versiones, entre ellas, la de Marjolaine Leray, en la que "Caperucita tiene unas cuantas cosas que decirle al lobo"; la de Miguel Tanco -con una Caperucita zíngara y un lobo blanco-, y la de Kvéta Pacovska (Kókinos), "que realiza un trabajo rompedor".

Entre los objetivos del dibujante con este álbum estaba "evocar" las emociones propias del cuento clásico: "Caperucita Roja es una historia que habla de miedo, incertidumbre, ingenuidad, inocencia, sorpresa, engaño... Cada una de las imágenes debía funcionar como metáfora visual y trasladar al lector una sensación similar a la que puede generar el cuento tradicional".

Serra ha tomado para su Caperucita Roja la versión de los Grimm -en la que aparece el cazador- pero mantiene la parte "del miedo" que está más presente en Perrault: "Quería que el libro no se agotara -comenta-, que fuera el propio libro el que cuenta la historia, que dejara espacios abiertos para que uno pudiera ir completando lo que ve... Está tan abierto que incluso hay quien piensa que el lobo es el protagonista."

Y tal vez lo sea. Pobre Humbert Humbert peludo e inconsciente. No sabía que las Caperucitas del mundo aprendieron muy pronto la lección primordial: que cuanto más dulce es la lengua, más fiero el diente.

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