El cuento perverso del rey y la muchacha

  • Joyce Carol Oates vuelve a demostrar su facilidad para describir las ambigüedades de la vida con 'Una hermosa doncella'

Una hermosa doncella. Joyce Carol Oates. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Alfaguara. Madrid, 2011. 224 páginas. 19,50 euros.

Gracias a libros como La hija del sepulturero, reconstrucción de la experiencia de su abuela, hija de unos inmigrantes que intentan rehacer su vida tras escapar de la Alemania nazi; Blonde, en el que la escritora proponía una mirada a la intimidad del mito de Marilyn Monroe, o Mamá, historia de una mujer que redescubre a su madre tras el asesinato de ésta, los lectores españoles han identificado a la norteamericana Joyce Carol Oates como una de las voces incontestables de la literatura actual, una autora con un talento privilegiado capaz de describir la sordidez, el desarraigo y la tristeza del mundo, pero igualmente dotada para abordar esos relatos no precisamente amables desde una extraña sensibilidad no exenta de cierta ternura. Además de esas virtudes, Oates posee también una fecundidad asombrosa -sus novelas superan ya la cincuentena-, razón por la que en los últimos meses se han incorporado varios títulos suyos a las librerías: cuando todavía no se ha cumplido un año de la aparición de Memorias de una viuda, impactante testimonio de la incredulidad, la rabia y la desorientación con la que la narradora vivió la repentina muerte de su marido, y después de que la editorial Papel de Liar rescatara un texto publicado a mitad de la década pasada, Violación. Una historia de amor, aparece una de las últimas propuestas de la autora, Una hermosa doncella, nueva muestra del buen hacer de esta eterna aspirante al Nobel cuyo nombre merecería ser bendecido algún día por la Academia sueca.

Una hermosa doncella, publicada en España por Alfaguara, narra la historia de amor, en el marco de la localidad costera de Bayhead Harbor, entre Katya Spivak, una joven que trabaja como niñera durante un verano, y Marcus Kidder, un anciano perteneciente a una de las familias más ilustres de la zona. Un material que en otras manos podría haber transitado únicamente por los terrenos del morbo, pero que se desarrolla aquí con infinidad de matices: como en otras creaciones de la neoyorquina, una violencia soterrada y los afectos más puros cohabitan en el interior de los personajes.

Oates no esquiva el componente sexual en el interés que Marcus tiene por Katya -después de su primer paseo, él le comprará una camiseta de encaje rojo y unas bragas a juego que ella ha contemplado en un escaparate; y en la visita que ella le hará a su casa percibe en el rostro del hombre "una expresión mareante de una especie de deseo crudo y abyecto que él confiaba en disimular, igual que un perro hambriento podía intentar ocultar su terrible apetito"-, pero más allá de esos aspectos incómodos, que los dos personajes tratarán de manejar con cautela en un principio, la relación que tienen los protagonistas alcanza pronto una honda verdad. Ella proviene de una familia con limitaciones económicas y conflictos diversos -es la hija de un ludópata y de una mujer que la ha desatendido-, y junto a "un escalofrío de orgullo, una ola de felicidad infantil" por estar en la casa majestuosa de ese hombre que la trata con cortesía sentirá también que hay una conexión espiritual entre ellos -"era una sensación extraordinaria, que un desconocido la mirase como si estuviese mirando su alma"-, y concluye tras leer un libro infantil escrito por el hombre que éste "tiene un alma hermosa". Él, que se define a sí mismo como "un niño rico" que se encuentra solo pese a la multitud de conocidos que tiene, percibe en ella la nostalgia de "un yo perdido" y valora en ella "el don de la alegría"... Más tarde, cuando la acción se complique y la necesidad mutua dé paso a la crueldad, después de que el deseo se haya materializado y Oates cierre su narración con un final casi operístico en su dramatismo, al lector le queda la sensación de haber asistido a un cuento perverso: una fábula en la que el siniestro lobo no es más que un corazón vulnerable a la belleza, y en la que una jovencita persigue en un anciano adinerado no sólo su fortuna: también el aprecio del padre que le había sido esquivo hasta entonces, el ser importante al fin a los ojos de alguien.

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